En el mundo de las ideas no temían a la muerte. Desde que aparecían tenían presente que su vida no era tal sino que debían morir para llegar a ser reales. Durante muchos años pululaban cotidianamente por su limbo hasta que algo las arrastraba hacia el mundo de los humanos. Entonces, sus ideas más allegadas -que no eran siempre las más afines- celebraban el acontecimiento.
Un buen día -era algo inevitable- surgió una idea que se dedico en alma a predicar la Manifestación que no era sino una corriente filosófica y religiosa cuya idea última era el suicidio ideal para alcanzar cuanto antes un estado de realidad. Poco a poco fue ganando adeptas que se inmolaban mientras su mundo quedaba cada día más desierto. Pronto sólo quedó ella, miró a su alrededor y se sintió satisfecha. Era la reina indiscutible, ya era libre de hacer lo que quisiera. Y, sin esperárselo, se murió.
En la Tierra, un campesino mongol comprendió qué era Dios.
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