jueves, 31 de enero de 2008
Todos empantanados
Un par de horas antes del amanecer le tocó el turno -entre otros- a Jérôme. Ese día salió el sol, no llovía.
Aburrimiento
¡Click!
El hombre le pasó el arma y él la tomó. Era hermosa, parecía hecha de plata (¿estaría cromada?) y la empuñadura tenía incrustaciones de marfil. Se acercó el cañón a la nariz y aspiró. olía a metal y grasa. No se había disparado nunca. La subió hasta su sien, bostezó y apretó el gatillo.
martes, 29 de enero de 2008
Un sueño universal
Con sus sueños, un nuevo universo se creó, repleto de seres que nacían, sentían, se relacionaban y morían; civilizaciones enteras se arrastraban por el tiempo, florecían y súbitamente se extinguían sin dejar casi rastro.
Al alba todo desaparecería.
¿Y su huella?
lunes, 28 de enero de 2008
Ciego
Hoy vivo aterrado por ser vidente en un mundo carente de luz.
domingo, 27 de enero de 2008
Yoinakuwä
El traidor Uuwä volvió al poblado con un par de monos y la noticia de que Yoinakuwä había desaparecido. Sólo su viuda supo leer en sus ojos.
sábado, 26 de enero de 2008
Se fue...
No. Los periodistas que se recogían habían ido a cubrir el despegue -en su vuelo- de los ganadores y finalistas del festival internacional de tunos y mariachis.
viernes, 25 de enero de 2008
No supieron dónde buscar
Los fantasmas que vagaban por esas tierras siguieron con sus quehaceres.
jueves, 24 de enero de 2008
Trabajo basura
Sonaban vítores en el despacho. Otro éxito. Otro señor de la guerra volatilizado en su residencia.
Pero él ya no sentía nada.
miércoles, 23 de enero de 2008
Velas
martes, 22 de enero de 2008
...y una vida
En el fondo el cacharro para grabar su vida en formato digital era un ladrón del tiempo presente.
lunes, 21 de enero de 2008
Altramuces
Cuando se los ponían, se juraba no tocarlos -a ver si Elisa, la dueña del bar, se daba por aludida y le ponía otra cosa-. Cuando llevaba media caña, tomaba uno, le daba un mordisco de canto, y sacaba la legumbre. Mientras la masticaba y saboreaba, dejaba con cuidado el pellejo en un lado del plato. Y ya no comería más. Bueno, otro más, sólo otros dos, o cinco. No más de medio plato.
Mataba de un trago la caña y en el plato no quedaban ni los pellejos. Joder qué ricos. Siempre pagaba con 1,50 € y le dejaba las vueltas a Elisa.
El viernes antes de empezar julio se acercó como de costumbre al bar. Le pidió al chico -el hijo mayor de Elisa, ya lo conocía- una caña. Aceitunas rellenas de pimiento morrón. Era su día. Por fin. Cogió un palillo y pinchó una. La miró a los ojos, y se la llevó a la boca. Qué sabor. Deliciosa. Pinchó otra, y otra, y otra.
Un par de minutos después dejó 1,20 €, media cerveza y cinco aceitunas sobre la barra. Puta mierda de sitio y puta mierda de aperitivos. Ahí no volvía.
domingo, 20 de enero de 2008
Música
Pobre Dios.
sábado, 19 de enero de 2008
Un final inesperado
Aún se sentía joven y vital aunque ya no era una cría. Y caminar sola por esas calles tan excesivamente silenciosas no le gustaba nada. Pero, hasta que cambiaran las cosas, no le quedaba más remedio. Llegó a un cruce y esperó a que se pusiera verde el semáforo para peatones a pesar de estar la calle vacía. Casi había llegado a la acera de enfrente cuando un deportivo chirriando las ruedas se saltó el semáforo en rojo y la atropelló. Murió en el acto. Salieron gatos de todos los callejones y se lanzaron sobre su cuerpo reventado para darse un festín. No dejaron ni la raspa.
Estos carnavales se iban a quedar sin entierro.
viernes, 18 de enero de 2008
Fantasmas y dioses
jueves, 17 de enero de 2008
Comida
Esa idea se la inculcaron desde pequeño: su familia, sus profesores, las familias de sus amigos, médicos, libros, televisión, Internet... Ahora, con casi 50 años, no podía quitársela de la cabeza. Frente al espejo, antes de ducharse para ir al trabajo, se agarró un michelín velludo, se tocó el culo fofo y salpicado de pelos vueltos que criaban granos. Su cabeza brillaba demasiado aunque no estaba técnicamente calvo y sus hombros caían hacia delante, como si ya no aguantasen el peso de tantas preocupaciones y frustraciones de poco entidad. ¿Qué comía? Desde que se separó, casi todo eran platos precocinados; daba tanta pereza ponerse a preparar algo para comer... Se metió en la ducha y, mientras se frotaba los cojones jabonosos, tomó la determinación: no comería nada. Pero nada de nada, en la línea de la mejor de las estupideces de un escritor romántico.
Federico murió exactamente tres semanas después. Atropellado por un autobús mientras cruzaba un paso de cebra camino del trabajo. El autobús no paró. No había pasado nada.
miércoles, 16 de enero de 2008
Casa
martes, 15 de enero de 2008
Ira
Soñaba entonces con aquellos días en los que sentía hambre por la vida, en los que la devoraba a grandes pedazos como un depredador que no sabe cuándo volverá a comer. Hasta que un buen día, su hambre se sació. Sin más. Y ahora, por más pedazos que le arrancara a mordiscos, ya no la podía tragar.
Horas más tarde, con el sol subiendo con ganas entre los edificios, se vestía e iba a la iglesia, indefectiblemente. Rezaba arrodillado unos minutos y entraba en un viejo confesionario con celosía de madera. Y con cada absolución que concedía, su ira aumentaba.
lunes, 14 de enero de 2008
El andén vacío
Cuando Paula bajó del tren el primero de Marzo de ese año bisiesto, a las 9:30 de la noche del día siguiente, Jonás no estaba para recogerla. Aún no habían encontrado su cuerpo colgando del árbol donde ambos se juraron amor eterno la víspera de su partida al frente.
domingo, 13 de enero de 2008
Liberación
Llegó el momento de la ensalada. No estaba en la casa de unos ancianos, como había apostado consigo misma, sino en un restaurante de comidas caseras. Ahí, una adolescente sudamericana con cara de querer estar en otro sitio cortaba las verduras. Le llegó el turno y sintió cómo se rompían sus ataduras y quedaba libre de todo lo terrenal. Ascendió hacia los cielos y se preguntó a qué coño de dios se le había ocurrido la patochada de dotar de consciencia a las verduras.
sábado, 12 de enero de 2008
En el espejo
Finalmente, ambos formaron un hilera de llamas que se hundía en la noche unos metros más adelante, dentro del espejo de la pared. Entonces metió la cabeza y miró. Como siempre, su reflejo aparecía alternado: un Nico de frente, una nuca de Nico. Un Nico de frente, una nuca de Nico. Un Nico de frente, una nuca de Nico. Un Nico retorcido en un silencioso grito de agonía.
viernes, 11 de enero de 2008
jueves, 10 de enero de 2008
Lágrimas
Llegó el día en que aquel hombre se cansó de llorar. Pudo entonces alzar la vista y observar. Abrir sus oídos y escuchar. Dejar de pensar y comprender.
miércoles, 9 de enero de 2008
Sueños de un niño
Con los ojos llorosos cubría de tierra el agujero que había cavado en el jardín de su casa. A pesar de lo que dijeran los mayores sobre la vida y la muerte a raíz de su berrinche -o quizá por eso mismo- no pensaba en que así, enterrándola, su mascota fuera a pasar a una vida mejor y más plena.
Todo el mundo, salvo Sara, se había reído cuando les había presentado a Blas, recogido esa misma tarde en el parque. "Raúl, cuando seas más mayor te compraremos un perro. Pero deshazte de eso ahora". Pues peor para ellos, porque Blas iba a ser su amigo para siempre.
Pero a pesar de sus cuidados, con el paso de los días Blas comenzó a tener peor aspecto hasta que le obligaron a enterrarlo detrás de casa. "Cuando seas mayor lo entenderás" le decían sonriendo con cara triste.
Y semanas después Raúl presenció el milagro: donde había enterrado a Blas, ahora brotaba una planta. Riendo, gritando, corriendo, se lo dijo al mundo. Blas, su melocotón-mascota, se había vuelto árbol.
lunes, 7 de enero de 2008
Ουροβóρος

Cuando por fin me distancio del papel o la pantalla y releo mis palabras a menudo ya no sé quién ha creado a quién. No soy más que el vehículo por el cuál una serie de ideas logran escurrirse hasta este mundo y manifestarse con mayor o menor fortuna.
Escribo porque no tiene sentido dejar de hacerlo. Cualquier otra actividad es accesoria cuando la juzgo desde las arenas caídas del tiempo. Soy cuando fluyo, como el viento.
Cada susurro de vuestra mente, de vuestros labios, me da alas...
domingo, 6 de enero de 2008
Hambre
Este año las cosas estaban más jodidas de lo habitual. La gente ya no daba limosna por las buenas y había mucho nuevo desesperado tratando de conseguir unos euros para comer. Los críos de la plaza no tenían mucho, les había sacado unos cuatro euros y pico y tenía que largarse a otro barrio antes de que se juntaran varios para darle una paliza.
Las taquillas del metro estaban llenas de seguratas así que salió de nuevo a la calle y se fue andando hacia el extrarradio. Casi una hora después llamaba a la puerta del chabolo del Charli a por una papelina. Con lo que le sobraba aún podría pillarse algo más para pasar la noche. Otro paseo hasta el Seven Eleven.
Fue rebuscando por las estanterías mientras un empleado le seguía sin ningún pudor. Encontró lo que buscaba y pagó. Después se acercó a un parque, se chutó tras unos matorrales y buscó un banco bajo una farola. Se sentó, encendió un cigarro, y se puso a leer el libro de poesía que acababa de comprar.
sábado, 5 de enero de 2008
viernes, 4 de enero de 2008
El manicomio
¿Por qué se habían callado las voces? Corría por los pasillos del manicomio desesperada, empujando a pacientes y celadores, chocándose con mesas, sillas, puertas. No gritaba; no quería hacer ruido en su interior para poder oir las voces, por si habían quedado afónicas. Pero no decían nada. Ni una queda risa de burla.
¿Qué iba a ser de ella ahora? Si se enteraban, le darían el alta y volvería al mundo de fuera. Los celadores se acercaban corriendo hacia ella por el pasillo. No, no iba a ser capaz de fingir, todo era demasiado claro y coherente. El miedo se apoderó de ella, le costaba respirar. Los celadores la sujetaron con fuerza. Seguro que la iban a llevar a la enfermería para que se calmara y luego al director del centro. Y éste vería que ya no oía voces y le daría el alta...
Ahora sí. Gritó, gritó y gritó. Los ojos cerrados del esfuerzo por gritar. El mundo se desvanecía roto por sus aullidos. Un chasquido. Oscuridad.
Lucía había muerto de un ataque de cordura.
jueves, 3 de enero de 2008
Artesano
No era el agujero más pequeño que podía hacer. Sobre todo porque no se quitaba la la manía de redondearlo para que quedara perfecto y, claro, así lo agrandaba. Y encima sus ojos cada año veían un poquito peor y sus manos temblaban un poco más. A este paso nunca lo conseguiría.
Ese verano Pablo se preguntaba qué se traía su abuelo entre manos, que siempre lo encontraba encorvado sobre la mesa de su taller cuando se levantaba y nunca le dejaba ver lo que hacía. Sólo sabía que, de vez en cuando, le mandaba a por cajitas pequeñas de cerillas al colmado. Y de las de madera, nada de papel encerado o cartulina. Su abuelo se rió a carcajadas el día que le preguntó que por qué no se compraba un mechero y luego le hizo acercarse, le abrazó un buen rato y le besó varias veces la cabeza.
Llegaron los primeros fríos del otoño y su abuelo murió. Sobre la mesa de su taller había una cajita de fósforos forrada de terciopelo rojo y que ponía Pablo con letras recortadas en latón. Dentro había un juego incompleto de diminutas fichas de dominó talladas a partir de vástagos de cerilla.
miércoles, 2 de enero de 2008
Figuritas
Los cuatro regalos que había recibido cabían en su manita de niño. Cuatro figuritas talladas por su hermano en piedras del río. Eran un hombre, una mujer, un perro y otro perro. Muy rígidos, posando como estatuas, pero se quedaban en pie cuando los apoyaba sobre la mesa o el suelo. Se tiraba horas y horas jugando con ellos hasta que su hermano volvía a casa con algo para cenar.
Ahora su hermano tenía que irse a la guerra pero volvería, lo había prometido. Mientras, se quedaría en la casa en la que trabajaba su tía y ayudaría con las tareas más sencillas. Su hermano no lloró cuando se despidieron.
Durante dos años y un verano esperó todos los días su regreso. Aunque ya casi no tenía tiempo libre, seguía jugando con las figuritas casi todas las noches.
A mediados del otoño llegó un cartero a la casa con un paquete para él. Sabía que era de su hermano. Dentro había una figurita de un soldado partida en dos. Ninguna carta -había aprendido a leer estos años-.
"Se me partió entre los dedos cuando nos dijeron que había acabado la guerra" le contó su hermano entre besos y abrazos el día de su vuelta.
martes, 1 de enero de 2008
Luces amarillas
No había tantas cosas por hacer. Con un poco de suerte acabaría antes de las 21:00 y podría coger el tren de las 21:12. Terminó de barrer el despacho y preparó un cubo con dos tapones de fregasuelos.
A las 20:47 terminó de ponerse la ropa de calle. Se despidió de Quintín, el segurata, y caminó a paso ligero hacia la estación. Las calles estaban bastante vacías -por el frío, seguramente- pero las pocas caras con las que se iba cruzando parecían conformes con sus vidas. Incluso alegres. No iba a ser menos, y sonrió.
En el tren se sentó con las piernas cruzadas sobre el asiento de enfrente y miró por la ventana los miles de luces amarillas que daban vida a la ciudad. ¿Cuántas noches llevaría ya viendo esas luces? ¿Cuántas más le quedarían por vivir? Cansada, se durmió.