Estaba ante una sencilla réplica de un reloj de bolsillo en un puesto de un bazar. El precio marcado era de veinte euros.
-¿Puedo verlo? -preguntó.
-Claro, compadre -sonrió el vendedor.
Lo tomó entre sus manos y le dio un par de vueltas de cuerda. El segundero se movía dando saltitos alejándose del minutero. No era muy bonito y seguro que la maquinaria no duraría mucho.
-Gracias -le dijo al vendedor-. No me interesa.
-Se lo dejo barato. ¿Quince euros?...
Mientras ambos regateaban, el reloj descansaba sobre la mesa. Ninguno se imaginaba que era el dios de los relojes, produciendo horas para alimentar a los suyos.
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