Era la última tarde que pasarían en el Algarve antes de irse a Lisboa. En el Cabo de San Vicente el viento era fortísimo y se mantenían sobre las rocas con dificultad. El sol bajaba con rapidez por un cielo limpio de nubes y las olas que rompían contra los acantilados parecían estallar en una niebla dorada que ascendía hasta ellas y les traía el olor del mar. Juntas, no necesitaban más que una mirada para decírselo todo.
Al unísono, las dos gaviotas abrieron las alas y echaron a volar entre gritos.
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