jueves, 18 de febrero de 2010

Un hombre asqueroso

La cera de la vela iba dejando un reguero que discurría como una estalactita hasta la vieja mesa de madera. Hurgó en los goterones aún blandos con la punta de su cuchillo pringado de queso de cabra cremoso. Miró el pegote solidificado en la punta, lo acercó a sus dientes, lo arrancó y lo escupió. Luego arrojó el cuchillo y lo clavó en la mesa. La hija de la posadera dio un respingo y recuperó la compostura. Reinaba el silencio en la posada. El hombre no paraba de comer.

La posadera observó primero a aquel hombre y su atención saltó a continuación hacia los otros tres hombres que había cenando dispersos por la sala. Comían cabizbajos, en silencio. Pero el hombre de la mesa que tenía al lado de la barra comía como un cerdo, con ansia, ruidoso. Soltó un brutal regüeldo, escupió y levantó el vaso pidiendo más vino. Se acercó la chica con una jarra, le sirvió y se giró para volverse a la barra. El hombre le dio un cachete en el culo, soltó una carcajada y siguió comiendo.

La mujer le miró con asco mientras se secaba las manos en el faldón. Joder lo que tenía que aguantar. El hombre terminó de comer, apartó el plato a un lado y se puso en pie. Se estiró, soltó un sonoro pedo y se acercó a la barra.

La mujer salió de detrás con dos platos que llevó a la mesa y se sentó a comer mientras su marido pasaba entonces a encargarse de la barra.

2 comentarios:

Maria dijo...

Esta tan bien descrito, que hasta se me ha revuelto el estómago. Veía toda la escena como si fuese real.
Me ha encantado la foma de escribir y de describir, aunque el contenido sí que era asqueroso.
Un beso.

Katy dijo...

Vaya atajo de cerdos. Que asco!!!
Besos