viernes, 5 de febrero de 2010

Fugitiva

Deambulaba cojeando por el páramo, hambrienta, asustada. Recordaba con claridad la deflagración de las armas de fuego, sus hijos volando convertidos en amasijos de carne, el olor de la pólvora. El dolor ciego en su muslo que la devolvió al mundo y le dijo que corriera, que corriera entre los árboles donde podría tener una oportunidad de escapar. Los gritos en ese idioma desconocido se fueron apagando hasta que se acurrucó bajo una encina baja y durmió.

Despertó cuando el cielo comenzaba a clarear. El dolor ya no era tan fuerte. Echó a andar. El encinar fue dando paso a campos de cereal abandonados salpicados de árboles aquí y allá hasta que el paisaje se hundió en escarpados valles labrados por ríos. Bajó por una senda y se acercó a beber al río. Se quedó descansando hasta que el sol se escondió tras las paredes del valle y caminó de vuelta al páramo.

Llegó la siguiente noche. La luna iluminaba las piedras de blanco, dejaba los arbustos en negro. Los conejos salían de sus madrigueras y se alejaban asustados al verla. Pasó una lechuza. Aguantó unos minutos más antes de esconderse en una paridera abandonada para dormir.

Le despertó un ruido fuera, era de día. Se quedó inmóvil, respirando con toda la suavidad que le permitía la tensión. Entraron dos niños. La vieron. Salieron corriendo. Estaba perdida, salió fuera y corrió hasta que un latigazo de dolor le paralizó de cintura para abajo. El calor era asfixiante, se arrastró por los sembrados durante una eternidad hasta que vio aparecer a un hombre uniformado con un rifle. Le miró fijamente mientras éste levantaba el rifle, apuntaba y disparó. Todo se oscureció.

Se despertó con el olor de la comida. En una esquina de la celda había un plato con comida y otro con agua. Se acercó, cojeaba pero ya no dolía. Comió. Comió como si le fuera la vida en ello. Relamió el plato y el hombre del rifle apareció. No pudo evitar mover el rabo contenta cuando se arrodilló para acariciarle el lomo a través de las rejas.

miércoles, 3 de febrero de 2010

Un hombre bueno

Como muchas mañanas desde hacía años se arrodillaba ante ese dios de madera que no decía nada. El cura le pedía que fuera y él, irremediablemente, iba a la mañana siguiente. Era cristiano, de nacimiento, pero en algún momento de su juventud había perdido la fe. Y ese sacerdote era el único motivo por el que iba a la iglesia. No entendía por qué le daban tanta importancia a un ídolo, a un mero símbolo, pero era muy importante para ese hombre. Y ese anciano sacerdote era un hombre bueno.

Cuando terminó sonrió al sacerdote, recogió sus herramientas y, una vez más, no quiso aceptar el dinero que éste le ofrecía por la reparación del circuito de sonido de aquella figura de madera.

Un trabajo demasiado bien hecho

El parque estaba casi vacío. Sólo unos pocos viejos dispersos en los bancos destartalados que aún quedaban en pie. Las cosas habían cambiado mucho estos años. Antes estaban llenos de gente bebiendo, fumando y trapicheando. Era joven, eran otros días. Allí se había pasado media vida, entre esa gente que ya no estaba. Había disfrutado como un enano, viviendo su doble vida, al margen de la ley.

¿Y ahora? Ahora, años después, su vida se había vuelto aburrida. Viejos, viejos y más viejos. Nada que hacer en el parque. Claro que no tenía la vitalidad de antaño, pero, Dios, ¡cómo echaba de menos esos días! Ojalá hubiera al menos un par de tíos pasando costo o algo. Se habría acercado, como antaño. Y les habría metido un par de balas en la cabeza.

Pero había hecho un trabajo excelente como vengador justiciero.

lunes, 1 de febrero de 2010

Ojos

Llevaba caminando varios días sin comida, aterido bajo la lluvia que manaba de un cielo gris claro que difuminaba las pocas horas de luz del invierno. Había desertado pero estaba seguro de que nadie buscaría a los pocos supervivientes de un ejército aniquilado. Volvía a casa, a su vida. Pero, sobre todo, deseaba volver a ver esos ojos. Esos ojos que le habían visto hacer el amor por primera vez. Esos ojos que fueron lo último que vio de su anterior vida al partir a la guerra.

Oscurecía cuando salió del bosque y llegó a un camino. Recordaba esa senda, claro que la recordaba. Apretó el paso. Corrió. Quería llegar a su pueblo con la última luz del día.

Y, tras un recodo, allí estaban los ojos. Se santiguó y cruzó el puente.

¿Nada?

El Sol tenía la sensación de estar siempre ahí sin hacer nada. Ardía, sí, y giraba sobre sí mismo y caminaba por el espacio arrastrando a su séquito de rocas, líquidos y gases amalgamados. Casi una eternidad de monotonía en la que no sucedía nada hasta el momento en que, con un último estertor, fulguraría hasta apagarse.

El chamán arrojó la tea a las pajas que sobresalían del pie de la pira en el que un hermoso novillo deshollado descansaba, rodeado de frutas, quesos, hogazas de pan negro y un par de pellejos de vino. Se giró de vuelta hacia el hueco que faltaba en el círculo en el que todos los habitantes del poblado se daban las manos arrodillados ante el altar. Había sido un verano espléndido y, como todos los equinoccios otoñales, agradecían al Sol la vida que les había dado con los mejores manjares para que tuviera fuerzas para sobrevivir al largo invierno y llegar con fuerzas a la siguiente primavera.

martes, 10 de noviembre de 2009

¿Loco?

Era una noche realmente fría en la que una luna menguante parecía romper el silencio del que el viento se había adueñado. Parecía un hombre solo, perdido, con la mente largamente ida a un lugar donde nadie pudiera dañarla de nuevo. Cada vez que llegaba a una nueva aldea la gente le miraba con pena y recelo, ¡pobre hombre! Un desgraciado sin nada. Y después se encerraban en sus casas a cenar y farfullar hasta la hora de dormir.

Con la ayuda de un viejo abrigo raído que había encontrado la noche pasada, el loco siguió caminando bajo la luz de las estrellas. ¡Qué bueno era no tener nada, nada le impedía ir donde quisiera!

domingo, 25 de octubre de 2009

Amanece

Hacía muchos años que no veía salir el sol. Quizá una vida que no lo vi salir del mar. Sentado en la playa, Haizea e Iratxo corriendo por la arena y yo vivo como no recordaba haberlo estado. El cielo amarilleaba hasta que, sin darme cuenta, ardió como ardía el último cigarrillo que me quedaba.

Dos fantasmas estaban conmigo. B, acechando, depredadora. V, mirándome melancólica desde la lejanía. Y la luz del sol naciendo de donde había noche les cerró la boca. Ambas se quedaron a mi lado, mirando el amanecer. En silencio. No había pena, no había dolor. Sólo sol, arena, piedras, agua y viento. Me dejé caer y mi cuerpo se fundía con la playa. Eluveitie en mi cerebro.

Más letras que se acumulan en mi cabeza, la última una R en forma de libro que quizá no quiero escribir. El mar se las lleva y estoy solo pero vivo como H e I que viven porque no saben hacer otra cosa.

No puedo dejar de sonreir porque la vida me tuerce la boca y no es una mueca.

Sólo mis palabras arañan el tiempo y dejan su marca. ¡Existo!

martes, 20 de octubre de 2009

Y la estrella vuelve a brillar

Me falta algo. Desde que se me desquició la vida que creía tener dejé de escribir y ahora sólo soy un cacho de carne que va dejando pasar los días lo mejor que puede. Intenté terminar Yenom pero la vida ha sido más fuerte que yo y no he querido darme cuenta hasta estos días.

En otro tiempo hubiera escrito un post mortificándome y que terminaría con un propósito firme y definitivo de hacer por mis santos cojones lo que estoy destinado a hacer.

Pero ahora sólo escribo unas líneas que pedían salir, nada más.

Y nada menos.

Hasta mañana.

domingo, 16 de agosto de 2009

El sueño inalcanzable

Esto es sólo el esquema de un sueño que tiene Oiron en la novela. Lo acabo de escribir y he estirado mis brazos:

Sueña que vaga por una llanura yerma a la luz de una única luna pálida que ilumina todo con una intensidad que hace daño a los ojos. El suelo tiene el aspecto de una infinita llanura de harina, de piedras de harina, de rocas de harina. No sabe qué hace ahí, de dónde viene, hacia dónde camina. Mira hacia atrás, no ha dejado huellas. Mira al cielo y es un manto negro que le pesa sobre los hombros a pesar de la belleza de las estrellas que lo pueblan. Sólo le queda caminar hacia una luna que nunca alcanzará.
Lleva caminando no sabe cuánto y el paisaje sigue siendo el mismo y distinto con cada paso que da. La luna sigue en el mismo sitio, ligeramente por encima del horizonte y las estrellas parecen haberse ido cansando y apagándose poco a poco, cada vez hay menos y brillan con menor intensidad.
Se ha cansado de caminar. Se sienta. Se tumba y el suelo está duro y extremadamente frío, y el frío atraviesa sus ropas y su piel y se le mete dentro. Siente un escalofrío y tirita. Pero no quiere caminar, no quiere caminar por caminar, no tiene un por qué. Mira el firmamente, espera ver una estrella fugaz, un destello de cambio en ese mundo frío y muerto. Pero no llega y el frío es aún más insoportable que caminar sin un porqué.
Se gira sobre sí mismo, apoya ambas manos y se incorpora, tomando un puñado de tierra. Abre su mano y parte del polvo cae, parte queda en su palma temblorosa. Es un polvo ligero, hueco. Lo acerca a su nariz y huele a ceniza y ese olor se le mete hasta el fondo de su ánimo. Cabizbajo, sigue caminando en dirección a la luna. Atrás queda la huella de su cuerpo tumbado, sin pisadas que se le acerquen o partan de allí.
Trata de recordar algo de su vida, de su pasado, de quién es él pero sólo consigue que afloren a su rostro lágrimas de frustración que resbalan y dejan un rastro de sal sobre su piel. "¿Por qué?" se pregunta, pero no hay respuesta. Se acuclilla y sigue llorando y sus lágrimas caen al suelo durante horas hasta que abre de nuevo los ojos para ver un charco de barro lechoso a sus pies. Mete un dedo en él y lo observa. El barro se va evaporando y deja una costra blanca que se rompe cuando flexiona el dedo. Toma un poco de polvo y lo mezcla con el charco hasta acabar con una pelota arcillosa que manosea hasta que queda templada. Sigue caminando mientras juguetea con ella y hace un perrito que observa sobre su palma abierta. Sonríe y el perro se sienta y le ofrece su burda patita. Con el índice de la otra mano acaricia su nuca arcillosa y el perrito mueve el rabo y ladra cuando retira el dedo. Lo deja en el suelo y el perrito corretea a su lado, se adelanta, vuelve a él. Y deja un rastro de diminutas patitas en un suelo que ya no parece tan muerto.
Tiempo después un ejército de diminutas figuras blancas pululan a su alrededor ladrando, maullando, gorjeando y se siente feliz porque ya no está solo y se ríe y el eco de su risa retumba en la noche. Camina hacia la luna porque quiere seguir caminando junto a sus criaturas, llora para seguir llenando su mundo de vida.
Y entonces mira a esa luna que un día le pareció imposible de alcanzar y sacude la cabeza y ríe y sus criaturas reflejan el eco de su alegría. La mira fijamente y estira los brazos hacia ella y la envuelva en sus manos. Siempre estuvo ahí.

miércoles, 5 de agosto de 2009

Todos los días

La vida sigue siendo la misma perra imprevisible de siempre. ¡Qué diferentes acaban siendo las cosas a como uno pensaba que serían!

Este tiempo he vivido momentos muy felices, muy intensos y especiales. Y otros muy tristes en los que era un Atlas derrotado. He cambiado, no, he evolucionado y madurado a casi todos los niveles y me siento una persona muchísimo más fuerte de lo que era tan solo medio año antes.

A nivel físico ahora respiro por las noches. Descanso, tengo fuerza, tengo memoria, puedo razonar y hacer deporte de nuevo. A nivel anímico estoy soportando unos palos que tiempo atrás me hubieran roto. Y en mi día a día rutinario soy mejor amo de casa de lo que jamás he sido.

¿Y lo importante? He seguido escribiendo Yenom todos los días. Absolutamente todos. Me he quedado muy lejos de las 2.000 palabras diarias que esperaba pero no me siento decepcionado conmigo mismo, sólo he tenido que redirigir mis esfuerzos en otras direcciones. El día 1 de Septiembre comienzo a trabajar de profesor en un colegio pijo y me pagan bastante bien. Un trabajo que parece estable y satisfactorio para mí -que no fácil-. También he escrito el relato corto que más me ha gustado de cuantos han salido de mí -no está aún pulido en su forma definitiva-. Yenom mañana o pasado cumplirá las primeras 20.000 palabras, una cantidad mísera para lo que esperaba y una hazaña para éste que escribe.

Mi vida ahora se apoya en maderos podridos que flotan en aguas turbulentas. No tengo en qué apoyarme para mantenerme erguido y no paro de moverme tambaleándome de un lado a otro para tratar de no caer. Sólo sé que sigo escribiendo. Unos días más, otros menos, pero todos los días.