sábado, 31 de mayo de 2008

Ocaso

Tumbado en esta roca admiro emcionado lo hermosas que son las nubes. Las montañas, majestuosas, se difuminan hacia el horizonte de poniente. Y los cúmulos que vienen desde el norte las empequeñecen.

Pronto se pondrá el sol. Y aunque debería estar bajando al campamento, no lo haré. Pocos hombres han disfrutado del último día de su vida como lo estoy haciendo. Roto, sobre una roca de las montañas que amé.

viernes, 30 de mayo de 2008

Instrucciones

Las instrucciones eran bien claras: abrir el paquete, rellenar el impreso, meterlo en el sobre pequeño y depositarlo en el buzón.

Lo que no tenía tan claro era de qué rellenar el impreso. Mañana iría a la charcutería.

jueves, 29 de mayo de 2008

Pizza

Le dejó casi dos euros de propina y se fue a la mesa donde tenía ya preparado un cubierto y una botella de vino descorchada pero que aún no había servido. Por fin iba a comerse una pizza, a sus 47 años de edad. En el fondo no sabía por qué renegaba tanto de ellas ya que, aún siendo comida basura, tenían un cierto encanto, un toque de sincera ilusión infantil. Y algo de ilusión es lo que necesitaba, que su trabajo como profesor de filosofía era de lo más descorazonador del mundo. Parecía que ya a nadie le importaba que hubiera un orden en el Universo, una razón por la que las cosas eran como eran y por la que teníamos -unos más que otros- la capacidad de cuestionar y razonar. A la gente ya sólo le importaba el día a día, la apariencia y el consumo de una cultura prefabricada que ahogaba el razonamiento.

Y qué leches, que le había dejado su novia -por maniático y cansino, decía- y se iba a dar el gustazo de comerse una pizza. Con dos cojones. Y a beber vino y ver alguna película en el ordenador y perder un poco el tiempo y desconectar la razón. Se sentó a la mesa, alzó la tapa de cartón, y le saltó a la vista un espectáculo dantesco: un círculo deforme con seis rodajas de pepperoni colocadas caóticamente en primer plano y un fondo de otros ingredientes anodinos. Pero lo que más le chirriaba eran los tres cortes que dividían la pizza en seis trozos desiguales. De algún modo, quien preparó su pizza había conseguido destrozar el sentido estético de la perfección del círculo. Joder, ¿qué costaba poner un poco de empeño y dividirla en tres diámetros equidistantes?

Se sirvió un vaso de vino que se tomó de dos tragos y miró de nuevo. Ahí estaba su cena, aberrante. Y con un olor delicioso que le llenaba la boca de saliva. Acercó la nariz a la caja de cartón, cerró los ojos, y aspiró. Ahora, a empezar a comérsela por un extremo.


Los detectives miraron extrañados al forense. ¿Pero cómo iba a haber muerto la víctima de inanición si estaba sentado ante una pizza?

miércoles, 28 de mayo de 2008

Hermanos

Dormía con una sonrisa que le confería al rostro un aspecto apacible que incluso le despertaba una cierta simpatía que no quería sentir. Mientras su hermano seguía durmiendo a pierna suelta como hacía desde que era pequeño, a él le atormentaban los pensamientos fratricidas que tenía. Todos sus males eran por culpa de ese que roncaba a su lado. Seguramente podría haber sido un chico normal de no tener que cargar a cuestas con él, siempre, a todas partes. Menuda mierda.

No quería tener un hermano. Y mucho menos siamés.

martes, 27 de mayo de 2008

Pueblecito

Las albóndigas estaban realmente malas pero no quería contrariar a la anciana que estaba sentada al otro lado de la mesa mirando con atención cómo comía y preguntándole -otra vez- sobre él y sobre cómo había llegado hasta la aldea.

Wilfred le sonreía y le contaba cosas acerca de cómo había dejado todo atrás para dedicarse a viajar por el mundo, los detalles más interesantes sobre sus aventuras y cualquier otra cosa que le permitiera dejar de comer durante un rato hasta que la mujer le conminase a tomar otro bocado.

Y es que era mejor tenerla contenta. No quería seguir comiendo albóndigas hechas de sus extremidades mutiladas por la vieja.

lunes, 26 de mayo de 2008

Cuando el tiempo se detuvo

Todos miraban boquiabiertos el reloj de la pared como si nada más importante pasara en el mundo. Las manecillas indicaban las 11:59 de la noche y el segundero, rojo, se arrastraba con esfuerzo hacia la medianoche. Cada segundo parecía más largo que el anterior y el silencio -salvo por los silbidos que escapaban de los bronquios del Juan, el abogado que había llevado el caso- era denso y agobiante. Faltaban menos de diez segundos y, francamente, el segundero presagiaba lo peor. Las miradas, furtivas, trataban de adivinar los pensamientos de los otros. No podía estar sucediendo. Pero sucedía.

El segundero estaba claro que no iba a poder llegar al cenit de su recorrido. ¿Dónde se quedaría? Aún no había llegado a menos cinco, le quedaban un par de saltos que sería incapaz de dar. Pero dio uno y se oyó una risita floja. Después, se detuvo definitivamente. Se miraron unos a otros, dudando entre el miedo supersticioso y las ganas de estallar en risas.

Fue Lucio quien dio el primer paso. Alzó el cuenco y se llenó la boca de uvas. Los demás le imitaron. Un fin de año que jamás olvidarían.

sábado, 24 de mayo de 2008

Nepente

Como cada noche, abría una botella tras otra y bebía hasta perder el conocimiento. Así conseguía olvidar las terribles secuelas de sus actos.

Nunca debió crear a los hombres.

viernes, 23 de mayo de 2008

13

Las campanadas siempre eran trece. Desde que le ingresaron en esa clínica de un pueblucho de las afueras de Mulhouse, se despertaba poco antes de la medianoche esperando -temiendo- oir de nuevo ese nefasto número de campanadas. Por el día veía pasar decenas de personas atareadas con sus asuntos. Aunque le sonreían, sabía que eran muecas falsas y que escondían intenciones horribles pero, por algún motivo, seguían fingiendo a pesar de su indefensión. ¿Qué querrían de él?

La camiseta estaba completamente empapada y pegada a su piel. Era la misma pesadilla de el día anterior en la que las enfermeras se acercaban con unas jeringuillas llenas de un líquido verdoso a su cuerpo paralizado. Se paraban junto a la cabecera de su cama, se inclinaban sobre él y exhalaban su aliento podrido mientras acercaban las agujas a sus ojos. Podía sentir la punzada de las agujas. Y se despertaba.

Su respiración seguía entrecortada cuando sonó la primera campanada. A la cuarta se cubrió la cabeza con la almohada. Ocho tañidos y ya se imaginaba a los espíritus hambrientos esperando a que su alma se separase de su cuerpo. Con la decimoprimera estaba seguro de que entrarían las enfermeras. Una campanada más y el tiempo se detuvo una eternidad.

Sonó la siguiente y aguantó la respiración hasta que no pudo más. Trece campanadas de nuevo. Y un nuevo día en su horrenda rutina cíclica.

El párroco era un buen hombre, pensaba la madre de André. En esos tiempos no era fácil para una viuda sacar adelante a un hijo con un fuerte retraso mental. Y a André le hacía mucho bien sentirse útil como monaguillo. Aunque no supiese contar.

jueves, 22 de mayo de 2008

Requesón

El problema de mandarlo todo a la mierda era que, al día siguiente, se ponía a recoger los restos de su relación y, claro, estaban completamente pringados.

Las cosas le fueron mucho mejor cuando aprendió a hacer lo que le salía de los cojones.

Una vida con sentido

Era ya muy anciano y le costaba un esfuerzo terrible levantarse antes del alba y caminar un rato hasta lo alto de las lomas para ver salir el sol. Toda una vida haciéndolo, todos los días lo veía salir. Pero eso no significaba que tuviera que ser así siempre. Cabría el caso que algún día, por fin, el sol dejara de asomar por levante. Y entonces verían los locos de la aldea cómo él tenía razón y que, en vez de estar perdiendo el tiempo toda una vida, debían haberse preparado para ese momento.