lunes, 8 de febrero de 2010

La última esperanza

Por fin había llegado el especialista. Todo pendía de un hilo, de la habilidad perfeccionada por ese hombre durante más de media vida. Habían intentado todo antes de llamarle pero ningún médico ni psicólogo del hospital había conseguido estabilizar al paciente quien se hundía sin remedio en la oscuridad de su mente dañada.

El especialista llegó a la puerta de la habitación a la carrera. Era increíble, siempre sonreía, daba igual lo difícil que fuera el caso. Pidió con un gesto del brazo que le dejaran un poco de espacio. Dejó su maletín en el suelo y allí mismo se colocó su atuendo, ante todos. A continuación pidió a todos que aguardaran fuera y entraran cuando él lo pidiera. Asintieron.

Accionó el tirador de la puerta, se colocó la bola roja de espuma en la nariz y entró a hacer lo único que sabía hacer.

domingo, 7 de febrero de 2010

Artesanía

Las piezas andaban desperdigadas por la mesa de trabajo sin orden aparente, al igual que las herramientas -perfectamente aceitadas, eso era cierto-. Los más puristas del gremio renegaban de su manera de hacer las cosas, desprestigiaba a la profesión y desgarraba el velo de místico secretismo que habían ido tejiendo a lo largo de generaciones de artesanos. De su casco salían diminutos brazos articulados con lentes que iba colocando y quitando de delante de sus ojos con rápidos movimientos sin soltar la herramienta que sujetaba.

Estiró los brazos, dejó el casco a un lado de la mesa ya vacía de piezas y movió el cuello a un lado y a otro. Observó su obra terminada. Una figurita sentada sobre las piernas cruzadas le miraba con interés. Era su mejor obra, indudablemente. Ahora lo soltaría en el mundo y sería conocido como "hombre".

Frente a la chimenea del estudio su perro mordisqueaba la pieza que había robado de la mesa durante la hora del almuerzo.

sábado, 6 de febrero de 2010

Perro amor

El perro la miraba fijamente, las orejas hacia atrás, como esperando una caricia que no llegaba. Tenía una cara muy simpática, casi podía decirse que mostraba una sonrisa humana. Ella seguía ocupada introduciendo los datos de la declaración de la renta, como cada año, unas horas antes de que acabara el plazo de presentación. Le dolía la cabeza, se quitó las gafas y se dio un largo pellizco en el entrecejo para despejarse. Miró la hora en la esquina del escritorio de su ordenador. Las 03:37. Dios santo, tenía que levantarse a las 7 y aún no conseguía que le cuadraran los datos. Se puso de nuevo las gafas y prosiguió.

El perro seguía mirándola inmóvil, como una diminuta esfinge esperando la respuesta a su acertijo. Le devolvió la mirada y una sonrisa, pobrecito, hacía ya varias horas que tenía que haber dado su último paseo y aún no había cenado y, sin embargo, allí estaba mirándola lleno de ternura, sin quejarse. Era mil veces más noble que cualquier persona. Luego le daría un premio, cuando salieran a pasear, se lo merecía.

Dandy miraba a su dueña fijamente. No conseguía decidirse entre echarle un pis o darle un buen bocado.

viernes, 5 de febrero de 2010

Heroísmo

Recordaba la leyenda de aquellos 300 hombres que habían luchado valerosamente y entregado sus vidas para frenar a los invasores persas. Bueno, leyenda o historia, 300 o 1.000, lo que fuera. Hombres que valoraban más su tierra que su propia vida, hombres que no se veían como individuos sino como parte de un todo que valía la pena proteger aún a costa de cada una de sus vidas.

Pero tras cuatro meses sin su soldada le iban a dar mucho por culo al coronel.

Fugitiva

Deambulaba cojeando por el páramo, hambrienta, asustada. Recordaba con claridad la deflagración de las armas de fuego, sus hijos volando convertidos en amasijos de carne, el olor de la pólvora. El dolor ciego en su muslo que la devolvió al mundo y le dijo que corriera, que corriera entre los árboles donde podría tener una oportunidad de escapar. Los gritos en ese idioma desconocido se fueron apagando hasta que se acurrucó bajo una encina baja y durmió.

Despertó cuando el cielo comenzaba a clarear. El dolor ya no era tan fuerte. Echó a andar. El encinar fue dando paso a campos de cereal abandonados salpicados de árboles aquí y allá hasta que el paisaje se hundió en escarpados valles labrados por ríos. Bajó por una senda y se acercó a beber al río. Se quedó descansando hasta que el sol se escondió tras las paredes del valle y caminó de vuelta al páramo.

Llegó la siguiente noche. La luna iluminaba las piedras de blanco, dejaba los arbustos en negro. Los conejos salían de sus madrigueras y se alejaban asustados al verla. Pasó una lechuza. Aguantó unos minutos más antes de esconderse en una paridera abandonada para dormir.

Le despertó un ruido fuera, era de día. Se quedó inmóvil, respirando con toda la suavidad que le permitía la tensión. Entraron dos niños. La vieron. Salieron corriendo. Estaba perdida, salió fuera y corrió hasta que un latigazo de dolor le paralizó de cintura para abajo. El calor era asfixiante, se arrastró por los sembrados durante una eternidad hasta que vio aparecer a un hombre uniformado con un rifle. Le miró fijamente mientras éste levantaba el rifle, apuntaba y disparó. Todo se oscureció.

Se despertó con el olor de la comida. En una esquina de la celda había un plato con comida y otro con agua. Se acercó, cojeaba pero ya no dolía. Comió. Comió como si le fuera la vida en ello. Relamió el plato y el hombre del rifle apareció. No pudo evitar mover el rabo contenta cuando se arrodilló para acariciarle el lomo a través de las rejas.

miércoles, 3 de febrero de 2010

Un hombre bueno

Como muchas mañanas desde hacía años se arrodillaba ante ese dios de madera que no decía nada. El cura le pedía que fuera y él, irremediablemente, iba a la mañana siguiente. Era cristiano, de nacimiento, pero en algún momento de su juventud había perdido la fe. Y ese sacerdote era el único motivo por el que iba a la iglesia. No entendía por qué le daban tanta importancia a un ídolo, a un mero símbolo, pero era muy importante para ese hombre. Y ese anciano sacerdote era un hombre bueno.

Cuando terminó sonrió al sacerdote, recogió sus herramientas y, una vez más, no quiso aceptar el dinero que éste le ofrecía por la reparación del circuito de sonido de aquella figura de madera.

Un trabajo demasiado bien hecho

El parque estaba casi vacío. Sólo unos pocos viejos dispersos en los bancos destartalados que aún quedaban en pie. Las cosas habían cambiado mucho estos años. Antes estaban llenos de gente bebiendo, fumando y trapicheando. Era joven, eran otros días. Allí se había pasado media vida, entre esa gente que ya no estaba. Había disfrutado como un enano, viviendo su doble vida, al margen de la ley.

¿Y ahora? Ahora, años después, su vida se había vuelto aburrida. Viejos, viejos y más viejos. Nada que hacer en el parque. Claro que no tenía la vitalidad de antaño, pero, Dios, ¡cómo echaba de menos esos días! Ojalá hubiera al menos un par de tíos pasando costo o algo. Se habría acercado, como antaño. Y les habría metido un par de balas en la cabeza.

Pero había hecho un trabajo excelente como vengador justiciero.

lunes, 1 de febrero de 2010

Ojos

Llevaba caminando varios días sin comida, aterido bajo la lluvia que manaba de un cielo gris claro que difuminaba las pocas horas de luz del invierno. Había desertado pero estaba seguro de que nadie buscaría a los pocos supervivientes de un ejército aniquilado. Volvía a casa, a su vida. Pero, sobre todo, deseaba volver a ver esos ojos. Esos ojos que le habían visto hacer el amor por primera vez. Esos ojos que fueron lo último que vio de su anterior vida al partir a la guerra.

Oscurecía cuando salió del bosque y llegó a un camino. Recordaba esa senda, claro que la recordaba. Apretó el paso. Corrió. Quería llegar a su pueblo con la última luz del día.

Y, tras un recodo, allí estaban los ojos. Se santiguó y cruzó el puente.

¿Nada?

El Sol tenía la sensación de estar siempre ahí sin hacer nada. Ardía, sí, y giraba sobre sí mismo y caminaba por el espacio arrastrando a su séquito de rocas, líquidos y gases amalgamados. Casi una eternidad de monotonía en la que no sucedía nada hasta el momento en que, con un último estertor, fulguraría hasta apagarse.

El chamán arrojó la tea a las pajas que sobresalían del pie de la pira en el que un hermoso novillo deshollado descansaba, rodeado de frutas, quesos, hogazas de pan negro y un par de pellejos de vino. Se giró de vuelta hacia el hueco que faltaba en el círculo en el que todos los habitantes del poblado se daban las manos arrodillados ante el altar. Había sido un verano espléndido y, como todos los equinoccios otoñales, agradecían al Sol la vida que les había dado con los mejores manjares para que tuviera fuerzas para sobrevivir al largo invierno y llegar con fuerzas a la siguiente primavera.

martes, 10 de noviembre de 2009

¿Loco?

Era una noche realmente fría en la que una luna menguante parecía romper el silencio del que el viento se había adueñado. Parecía un hombre solo, perdido, con la mente largamente ida a un lugar donde nadie pudiera dañarla de nuevo. Cada vez que llegaba a una nueva aldea la gente le miraba con pena y recelo, ¡pobre hombre! Un desgraciado sin nada. Y después se encerraban en sus casas a cenar y farfullar hasta la hora de dormir.

Con la ayuda de un viejo abrigo raído que había encontrado la noche pasada, el loco siguió caminando bajo la luz de las estrellas. ¡Qué bueno era no tener nada, nada le impedía ir donde quisiera!