martes, 31 de marzo de 2009

Alta cocina

Ahora que tenía su primera estrella Michelín recordaba con especial cariño las patatas que hervía su madre al calor del hogar, con su sal, sus pedazos de tocino, carne y chorizo para engañar al paladar y su mezcla de hierbas maceradas en aceite de bellota. Años tan míseros y hermosos que quedaron marcados de algún modo en su subconsciente y cuya esencia destiló en los fuegos hasta que ahora, al fin, había conseguido el reconocimiento internacional de la más alta cocina.

Jean Luc cobró su finiquito. Había acabado hasta los cojones de la pedantería del mundo laboral en el que se movía. Pero les había dejado el "regalito" de un auténtico truño a sus antiguos jefes de Michelín.

lunes, 30 de marzo de 2009

Monedas

Abrió la vieja caja de zapatos que escondía bajo unas maderas sueltas del suelo de su habitación. Seguía llena de monedas de distintos colores y tamaños. Unas eran de metales nobles como oro o plata; otras de latón, níquel, plomo e incluso aluminio. Las había de países cercanos y de otros que jamás soñaría con visitar. Metió la mano y cogió un puñado que observó sobre su palma abierta. Recordaba cómo había conseguido cada una de ellas: de pequeño, de joven, trabajando al otro lado del mar, de vuelta en el bar del pueblo. Incluso estaba la penúltima que había conseguido: las pasadas navidades en una terraza del puerto.

Durante toda su vida había coleccionado aquellas monedas extrañas que habían llegado accidentalmente a sus manos. Nunca las había buscado; su intención no había sido la de coleccionar monedas sino la de tener un lugar donde las monedas perdidas tuvieran un significado.

¿Qué pasaría con las monedas cuando él ya no estuviera? ¿Serían sólo pedazos de metal o quedarían sus historias de algún modo rozando la eternidad?

domingo, 29 de marzo de 2009

El fin, el comienzo

Las ratas corrían en desbandada por la ciudad. Morían a cientos al cruzar las calles, la autopista. Las tripas y la sangre se acumulaban en el suelo y los coches patinaban y se deslizaban hasta chocar unos con otros y con las personas. Y no paraban de surgir nuevas ratas de todas partes que acababan perdiéndose en las sombras de la noche.

La gente corría de un lado a otro; se metían en sus coches, en sus casas, en las iglesias. Y sólo unos cuantos agoreros, subidos a sus improvisados púlpitos, clamaban contra los pecados de los hombres que habían provocado la cólera de Dios. Era el fin de los tiempos.

Y la noche más feliz para los miles de gatos de la ciudad.

sábado, 28 de marzo de 2009

A través de la noche

Las monedas tintineaban en sus bolsillos con cada zancada que daba. No sabía si huía de un peligro real o eran sólo sus miedos quienes acechaban entre las sombras de las calles pero no podía dejar de correr lejos de ahí, hacia ninguna parte. Oía pasos de alguien corriendo, ¿sería el eco de los suyos?

La noche había sido su amiga. Eso había creído. Pero ahora se volvía contra él y le arrancaba sus recuerdos de muy dentro y se los ponía en los morros, se los restregaba en la boca y le sabía todo a hiel. Sólo quería que llegara el día, despertarse y no sentir miedo. Ir donde quisiera en vez de vagar sin rumbo dando tumbos en busca de algo que no sabía lo que era.

Pasó ante un par de burdeles, tres tiendas de licores abiertas, una de armas -¿a esas horas?; sería el barrio-, una farmacia y demasiados bares. Nada le servía, no podía esconderse allí. Taxis. Taxistas blancos, taxistas sudamericanos, taxistas moros. Putas. Yonkis. Locales y secretas. Gente normal. Aflojó el paso. La angustia seguía ahí, los pasos no.

Se sentó en un banco y sacó un cigarro. Se había dejado el mechero en algún lado. Una puta rumana, polaca o rusa le dio fuego y una sonrisa. Él unas gracias sinceras. Caminó hacia el metro. Llovía. Quería mojarse.

Se sentó en las escaleras entre el primer y segundo piso de su casa. Estaba tiritando y su ropa dejaba un charco cada vez más grande que bajaba las escaleras hacia la puerta de la viuda del 1ºA.

Se despertó al dar una cabezada. Tenía que quitarse la ropa pronto y entrar en calor o iba a estar realmente jodido. Subió arrastrando los pies el piso y medio que quedaba hasta su puerta y giró la llave. Fue hasta la habitación, se quitó la ropa y cayó sobre la cama.

Abrazó a la almohada. Aún conservaba el olor.

Se durmió.

viernes, 27 de marzo de 2009

Sueños que se cumplen

Siempre había tenido curiosidad por saber cómo era el interior de una cueva. No de cualquier cueva, sino de una cueva natural, de esas que se esconden en medio del campo, tras un recodo en un paso de montaña, o tras una cascada. Había oído decenas, cientos de historias de viajeros, de soldados, de aventureros, de buscavidas... pero nunca había podido salir de su ciudad, estaba encadenado a su trabajo.

Se acercaba el año de su jubilación. Y seguía sin salir de su rutina, sin visitar los lugares con los que soñaba. Algún día lo haría. Después de jubilarse, si eso. Tendría tiempo y dinero y sería una buena actividad a la que dedicar sus días cuando ya no tuviera trabajo.

Visitó la Cueva de Montesinos en primer lugar. Siempre le había gustado El Quijote y le pareció un buen lugar por el que comenzar. Fue una experiencia inceíble, mejor de lo que había esperado. Ese mismo mes visitó otras dos cuevas.

Dos años después, mientras profundizaba en una cueva de los alpes franceses, pensaba en cómo le gustaría poder caminar de nuevo entre archivos y papeles.

jueves, 26 de marzo de 2009

Encuentros en la tercera fase

Fede sentía una fuerza extraña que le retenía. Podía mover brazos y piernas sin ningún problema, al igual que la cabeza. Pero algo le sujetaba y no podía irse.

Los primeros momentos de incertidumbre dieron paso a una sensación muy angustiosa. Era la primera vez que le pasaba algo así en la vida. No había manera de librarse de esa fuerza inexplicable. Trató de pedir ayuda, de gritar. Nadie vino en su ayuda.

No pudo evitar sentir un ataque de pánico que terminó por convertirle en un pelele que no paraba de gritar, de lanzar puños, de patear el aire tratando de noquear al responsable invisible de su estado.

Tenía el corazón muy acelerado. La sangre fluía a golpes por sus arterias y hacía palpitar sus sienes, sus oídos, su pecho. Le ardían los pulmones, no le llegaba suficiente aire. Se le nubló la vista.

Finalmente, agotado, dejó de luchar.

Así fue el primer contacto de Fede, dos años y tres meses, con un cinturón de seguridad.

miércoles, 25 de marzo de 2009

Recuerdos inútiles

No podía quitarse de la cabeza esa melodía. ¿Cuándo la había escuchado? Si al menos pudiera recordarlo tendría una referencia sobre la que intuir qué le había pasado. O al menos saber de qué canción se trataba. Cualquier cosa menos esa repetición obsesiva en su cabeza que no le dejaba pensar con claridad.

Bien pensado, no recordaba otra cosa que esas notas incesantes. ¿Quién era? ¿Dónde estaba? ¿Por qué no sabía nada de sí mismo? Se sentía tranquilo pero con el gusanillo de saber más y salir de ese limbo.

No paraba de hacer sonar la melodía en su cabeza. ¿Cuánto llevaba ya así?

De pronto tuvo un recuerdo. La canción era de un tal Mozart y se llamaba Requiem.

martes, 24 de marzo de 2009

Tempus fugit

El reloj marcaba las horas cada vez más lento, como si llegase al final del día agotado, sin energía. No eran más que las primeras horas de la noche y ya todo el mundo se encontraba durmiendo. Todos menos él. Vale que llevaba un par de cervezas en el cuerpo, pero tampoco era como para perder la noción del tiempo.

El sofá era muy cómodo. Uno podría quedarse dormido en él incluso ya de mayor. Pero si lo que uno hacía era mirar fijamente el movimiento -la falta de movimiento- de las manecillas del reloj, el efecto era el de una mano fría agarrándole a uno el cuello.

Jesús estaba esperando a que llegaran sus nietos de clase. El reloj parecía casi casi parado: una manecilla lograba dar el salto cada minuto, minuto y medio. No quería que eso acabara así. No. Era injusto. Injusto, cruel, innecesario. El tiempo era cada vez más largo.

Hasta que por fin se detuvo y Jesús quedó inmerso en un mundo inerte, inmóvil. El tiempo se le había acabado. Se quedaba esperando a unos nietos que nunca llegarían en un tarde eterna de la que jamás saldría.

A las bravas

Pocas veces se había sentido tan despreciado de esa manera. A su edad ya debería estar jubilado y disfrutando de la vida con sus nietos. Pero así, con su mujer demente y enferma, no podía. A ver cómo hacía si no para salir adelante. Y no era solo por el dinero sino porque con este trabajo podía distraerse del agobio y sufrimiento que rodeaban su día a día.

Abrió la puerta del cuarto de limpieza y se puso un mono de trabajo. A continuación llenó el cubo de la fregona, echó dos tapones de fregasuelos y sacó el carrito al pasillo. El director se había comportado como un auténtico cabronazo y se merecía un escarmiento. Se iba a enterar.

Encendió la luz del despacho del director. ¿Por qué siempre parpadeaban los fluorescentes como en las películas cuando uno estaba a la expectativa? Se acercó al escritorio. Los cajones andaban cerrados con llave. Sobre la mesa había unos cuantos papeles, un par de revistas y algunos bolígrafos en una taza que ponía algo de para el mejor papá. Revisó las estanterías llenas de libros. Desesperado, abandonó el despacho al cabo de un par de horas. Estaba cansado y no se le había ocurrido nada ingenioso. Tendría que hacerlo a las bravas, con dos cojones, como siempre había funcionado.

El lunes por la mañana Francisco se encontró con una carta de despido sobre la mesa. El viejo chocho del presidente le había echado. A las bravas.

lunes, 23 de marzo de 2009

El rollo de siempre

Jose se preguntaba a dónde quería ir Manolo con el mismo rollo de siempre.

Manolo, como siempre, cogía su propio rollo para ir al WC