viernes, 14 de mayo de 2010

En la peluquería

Debía haber sido una de las experiencias más impresionantes de su vida porque no recordaba nada de lo que había hecho ese último mes y medio y no sabía qué demonios hacía tumbado en un sillón de esa peluquería una madrugada de viernes casi a las tres de la mañana. Las luces amarillas de la calle desierta entraban por el ventanal e iluminaban casi la mitad de las baldosas rojas y blancas de la sala que la convertían en una especie de neblina de luz fantasmagórica. No tenía resaca, los bronquios no le pitaban y su garganta no parecía inflamada ni reseca. Ni la boca le sabía a cenicero. Podía moverse sin problema y nada le dolía. Bueno, sí, le dolía un poco la polla, pero como si no hubiera parado de follar los últimos días.

Se puso en pie de un salto mientras se decía mentalmente “alehop” y se hurgó en los bolsillos. Un abono de metro con 3 viajes picados el mismo día de abril, sus llaves, un mechero morado con la margarita pocha de Punkuxumusu, dos papeles de fumar hechos bolitas y su cartera en el bolsillo de atrás. Dentro estaba la mierda de siempre y dos billetes de 20€ nuevecitos y con la numeración correlativa.

El tipo del espejo tenía buen aspecto, con su camiseta azul o negra –no se distinguía bien con la luz amarilla-, sus vaqueros negros –no se los compraba azules-, sus greñas revueltas y su barba de dos semanas. La verdad es que le conocía muy bien. Lo extraño es que hacía los menos cuatro años que no lo veía.

Era el cabronazo que le había prometido que volvería pronto, que no se preocupase porque iba a buscar ayuda cuando ella cayó y se rompió el… el algo, no recordaba el qué, pero sí que se lo había roto. Era un cabronazo por haberla dejado ahí tirada, en un terraplén junto al camino que ambos habían decidido tomar a través del bosque cuando se escaparon de su trabajo y de su vida un jueves de principios de otoño. Pasaron casi tres días antes de que un furtivo la encontrara y ocho horas más antes de que un grupo de gentes de un pueblo cercano la rescatara. Y de él nadie sabía nada ni nadie volvió a saber.

Le miró fijamente a los ojos y él no apartó la vista sino que sonrió. No entendía nada. Nada en absoluto. Pero lo importante es que había vuelto.

domingo, 4 de abril de 2010

Un café asqueroso

No era la primera vez que le jodían el día en aquella cafetería de la esquina. Lo peor de trabajar en un polígono situado bastante más allá del culo del mundo era que sólo existía un puto bar/restaurante en toda la zona. Lo mejor, que nunca había problemas de aparcamiento. No tenía coche.

Ahí estaba el lunes por la mañana en que su equipo había bajado matemáticamente a segunda. El autobús le dejaba a las 6:43, el siguiente llegaba a las 8:43. Su turno de trabajo comenzaba a las 8:30. Su jefe era un auténtico hijo de puta. El fabricante de aquel café debía ser aún peor persona. Y el calvo y grasiento dueño del Bar Madrid –seguramente se había quedado calvo pensando el nombre- era antipático, sucio, xenófobo y del Madrid.

Sacó un pitillo de su pitillera. Era fea de cojones pero se la había regalado su mujer por su primer aniversario de boda y no se le rompían los cigarrillos. Además, era lo único que la muy zorra le había dejado antes de largarse con el dueño de la peluquería en la que trabajaba. Para un puto heterosexual en el gremio, le había tocado a él.

Dio otro sorbo a esa cosa amarga que le habían puesto en la taza y abrió el periódico. Uno de noticias, pasaba de que le restregaran el desastre de su equipo. Las noticias eran un auténtico coñazo incomprensible; la única que entendía perfectamente hablaba del partido de anoche. Al menos había fotos, porque en el bar tenía a los obreros de siempre, a los dos travelos que terminaban la jornada y al calvorota cabrón. Mira, ahora que lo pensaba, el tío al menos no era homófobo, porque se llevaba bastante bien para lo que él era con Marta y Gladis. O que las tomaba por putas.

Las páginas de color salmón eran las peores. Sólo tenían números y nombres de empresas y en las fotos salían señores trajeados con cara de hijoputa o carteles luminosos como los de “su turno” o los de “Guardia Civil” de los coches camuflados. Y había gente que pagaba por esos periódicos.

Echó un vistazo a su reloj. 7:58. En quince minutillos pagaría el café y se iría andando a la nave. Joder, un puto lunes, qué pocas ganas tenía de trabajar y le quedaba toda la semana por delante. Apuró la taza y observó el azúcar que no se había disuelto escurriéndose hacia el borde. Mantuvo unos segundos la taza en alto hasta que una gota enorme y dulce cayó en la punta de su lengua y borró de un plumazo la amargura de la mañana.

Toda la vida había tomado el café sin edulcorar y desde que comenzó a trabajar en el polígono el sobre de azúcar era su mejor amigo. Siempre lo vertía y removía durante unos pocos segundos para que quedara el caramelo secreto al fondo. Esos granitos lo hacían todo más llevadero.

Pintura negra

El bote de pintura negra le fascinaba desde las primeras veces que, siendo aún una criaja, se colaba en el estudio de su padre para verlo pintar. Era un bote más grande que el resto, incluso que el blanco, que era el segundo mayor, y tenía algo que le atraía con esas voces que sólo los niños saben que son reales. Le gustaba sentarse en él o tumbarse sobre los plásticos llenos de colores y abrazarlo y así podía tirarse las horas hasta que su padre bajaba a comer algo o su madre la buscaba porque no estaba en la finca jugando con los perros.

El tiempo pasaba y ahora era ella quien usaba aquellos botes desperdigados y llenos de churretones por toda la sala. No vendía cuadros pero eso era lo de menos, tenía su trabajo en el restaurante y no tenía ni hijos ni vicios ni otras necesidades que no fueran comer, dormir, follar y pintar. Y sólo no descuidaba la última.

No pasó mucho tiempo hasta que descubrió que los lienzos no estaba bien que fueran blancos y lo primero que hacía tras traerlos al estudio o graparlos al bastidor que ella misma había montado era cubrirlos de tapaporos y negro. Dos capas de negro mate.

Seguramente el único capricho que se daba se lo daba desde que descubrió aquella marca de acrílicos traída de Holanda o Bélgica, no lo sabía a ciencia cierta y no le preocupaba saberlo. Hacía seis años largos en que descubrió su negro en uno de los pasillos del fondo de una tienda de pintura –de pintura de señores con mono blanco, no de artistas- que encontró en una pequeña ciudad castellana a la que había ido a pasar el fin de semana de su cumpleaños. Era un bote de plástico negro de 20Kg de pintura que le llamó la atención por tener serigrafiada en negro aún más oscuro la etiqueta. Negro mate sobre negro. Las letras parecían no-existir, eran un diminuto vacío en el universo que le absorbían sin remedio. Acrílico de 20Kg pero en mate, mate. Tenía que probarlo.

Y nunca más compró otra marca, ni siquiera aquella que abrazaba cuando chica. Hasta el terciopelo negro en un cuarto oscuro era más luminoso que aquel pigmento de 129,99€ los 20Kg. Cada nuevo lienzo era ahora una creación en el sentido estricto de la palabra; una nada de la que salía algo a través de sus dedos, de su muñeca, de su codo, de su hombro. Solía quedarse ante un lienzo recién pintado de negro durante unos instantes en los que sólo un suspiro de aire salía exhalado de sus pulmones o el sol subía a lo más alto para caer luego tras los árboles y clarear el horizonte contrario antes de que el pincel acariciara por primera vez la superficie negra.

··oOo··

Su pelo era ya una cascada de hilos de platino quebradizos cuando al ir a comprar más pintura le llegó la noticia de que la fábrica había quebrado. Sabía que no le quedaban muchos más años de vida, pero le hubiera gustado poder dedicarlos a pintar hasta que el pincel cayera al suelo de su mano inerte. Ahora sabía que ya no sería posible y algo en el pecho le dolía por ello. Decidió darse una ducha y salir a dar un paseo, ¿hacía cuánto que no salía a pasear de noche? Le apetecía perderse por el bosque cubierto de hojas verdes, amarillas, rojas y marrones que se veía por los ventanales de su estudio y disfrutar de cómo el ocaso se las comía para regurgitarlas al amanecer. Se puso un sencillo vestido que ya era gris de seda negra sin mangas y unas alpargatas azules casi destrozadas que eran lo más cómodo que una podía imaginar. El sol estaba bajo en el horizonte, la hora perfecta. Se preparó un té verde con vainilla y salió a pasear.

Haría ya dos horas de la puesta de sol pero entre las copas casi peladas de los árboles aún no oscurecía. Se veía un cielo gris plomizo, como de nube de tormenta, salpicado de estrellas. Le dolían los pies por la falta de costumbre y decidió que ya era hora de volver.

Llegó a casa prácticamente a la una de la madrugada bajo el mismo cielo deprimente. La luna casi llena estaba alcanzando su cénit y la noche no era noche. Incluso las calles de esa pequeña y tranquila ciudad bullían de vida. O de angustia. La gente hablaba unos con otros; algunos corrían gritando con los brazos en alto y los ojos queriendo salírseles del rostro, pero todo el mundo sentía la pérdida.

Desde muy pequeña recordaba que le decían que uno no sabe valorar lo que tiene hasta que lo ha perdido. Se había perdido el negro.

martes, 30 de marzo de 2010

Eran tres

Eran tres los motivos por los cuales se hallaba atado con correas de cuero a la cama de aquel hospital. Eso lo sabía por el documento en papel plastificado que había cagado unas horas antes y que le había desgarrado parcialmente el ano. En aquel documento aparecían dos motivos claramente diferenciados:
  1. Debía infiltrarse en el hospital y buscar la habitación de XXX en toxicología. Allí encontraría una preciosa Walther P38 y tres cargadores de 8 balas bajo el colchón de la cama de la derecha y un papel que debería comerse con un nombre y una habitación.
  2. Había ingerido una dosis importante de YYY que le provocaría una serie de síntomas bastante jodidos de llevar y que provocarían su ingreso casi inmediato en toxicología para tratarle. Podía pasar por intoxicación accidental, pero lo mejor era haber montado el teatro ante todo el mundo.
El punto número 3 debía saberlo, eso decía ponía en el papel. Lo que no veía tan profesional era no recordarlo. Joder, algo tenía que haber en algún lado para hacerle saltar el resorte y acordarse.

A las dos horas de empezar con los espasmos le inyectaron el primer sedante, resultaba inaceptable que alguien mordiera de un modo tan violento a los enfermeros encargados de su cuidado. Como no atendían a razonamientos, le ataron a la cama con cintas. La figura encapuchada de la muerte se había metido en la habitación y miraba el rosco de preguntas de un concurso de la tele mientras se estiraba y chascaba aquellos dedos descarnados. No se dignaba ni a mirarle ni a responder a sus preguntas (bastante impertinentes, todo hay que decirlo).

De vez en cuando venía un médico en lugar de las enfermeras y cogía la capeta que había enganchada a los pies de su cama. La leía, repasaba algo con el dedo y asentía con la cabeza y miraba su reloj mientras se iba con aires de persona ocupada.

Empezó a toser con fuerza hasta que se llenó la boca de un líquido caliente que escupió sobre la almohada al girar su cabeza para tatar de hacerlo sobre el suelo. La sangre era completamente roja, no coagulada sino fresca. Esa vez la enfermera trajo consigo al doctor de antes y a otro ya mayor con perilla y bigote y que parecía sopesar algo. La muerte se había hartado de la tele -los deportes- y miraba a los médicos con curiosidad, escuchándolo todo. Se levantó y se le acercó. Al cabo de un rato, se cansó de estar de pie y se sentó sobre la cama con cuidado de no aplastarle. La tele volvía a llamar su atención. Él se durmió un poco cuando se le calmó el ataque de tos.

Cuando abrió los ojos, un cráneo le observaba directamente desde sus órbitas vacías. Casi que le veía reírse pero no podía estar seguro con ese cara tan inexpresiva, tan sin... carne ni piel. No se sentía muy bien de todos modos, se le iba la cabeza y las migrañas eran cada vez más fuertes. Trató de pulsar el mando de socorro pero no lo encontraba. Poco después llegaron los médicos y estabilizaron su respiración, no así la hemorragia. Le pesaban los párpados y durmió.

Se despertó sentado en el borde de la cama. Su cuerpo yacía inerte entre las sábanas pero no le preocupaba. La muerte le ofrecía su antebrazo para levantarse y caminar. Ahora ya tenía rostro, era el de una mujer muy anciana pero sin arrugas. Tomó su brazo. Se marchó sin fijarse siquiera en el cuerpo que había dejado. Según salían por la puerta la muerte le susurró:

-Eran tres, ¿recuerdas? En tu anillo. Allí estaba el antídoto.

Una mochila

Una mochila era todo cuanto llevaba por la vida. Una mochila con algo de ropa, un par de libros que iba cambiando gratuitamente por otros cuando podía y montones de cuadernos con sus escritos. Era una mochila de tela gris que había sido caqui con unas hebillas de latón llenas de arañazos y medio rotas que, más que sujetar las trabillas, las adornaban. Todo cuanto le importaba en la vida, o estaba en su cabeza, o estaba en la mochila, o era algo tan efímero e inalcanzable como una puesta de sol, el gorjeo de unos pajarillos o el sonido de la lluvia sobre las hojas de una palma.

Durante bastantes años de su juventud había tratado de escribir para que otros lo leyeran; había soñado con ver montañas de libros suyos apilados cerca de la mesa donde firmaría autógrafos; su vida sería la de un alma libre que pasaría sus días allá donde cada día le llamara. Los días pasaban, los cuadernos se llenaban y su mochila cada vez pesaba más. Eso hizo que sus piernas y su espalda se hicieran más fuertes aunque los zapatos le duraban menos. Tuvo que dejar de usar sandalias y alpargatas y pasarse a las botas de montaña aunque fuera verano. Pues era más cómodo. Y los días pasaban y el contenido de la mochila iba creciendo. Lo más raro era que la gente miraba con extrañeza aquellos cuadernos cuando se los mostraba. Ponían cara de sorpresa e incredulidad con una falsa sonrisa de "oye, me encanta". Pero él sabía que no lo entendían y los cogía, los metía en la mochila y se iba con sus cuadernos a otra parte.

La mochila se desgastaba y se descosía y en cuanto se le rompió una de las correas que la sujetaban a la espalda, supo que tenía que empezar a tomar decisiones. Encontró una encina solitaria a unos cientos de metros, en mitad de un campo recién sembrado de algún cereal y se sentó a su sombra. Vació la mochila sobre el suelo y miró lo que que había. Guardó todos los cuadernos menos uno en el que había tres versiones ridículamente inacabadas de la que iba a ser su primera novela, sus bolígrafos y portaminas, un libro de Hesse y otro de Stendhal, algo de ropa para cambiarse y metió la comida en una bolsa de plástico para llevar en la mano. Dejó el resto de cosas, inútiles, en un hoyo que escarbó junto al árbol, las cubrió con ese cuaderno de tapas amarillas y echó tierra por encima.

Se viajaba muchísimo más ligero sin ese cuaderno.

Pasaban los años y siguieron los rechazos. Y su mochila cada día estaba más raída y debía viajar más ligera. Quedando fueron los cuadernos por el camino y menos prisa tenía por llegar a ningún sitio. No había llegado a los cincuenta cuando un único cuaderno, su bolígrafo azul de recambios, el bic negro, un portaminas del 0.35 y la camiseta que no llevaba puesta ese día eran cuanto llevaba en la mochila. Y lo cierto es que se sentía más libre que nunca. Escribir esos cuadernos le había dado la libertad que tanto ansiaba de joven. Eran feliz y se sentía pleno. Eso solía pensar cuando se acostaba por las noches bajo un manto de estrellas.

Pero en sus sueños una sombra le perseguía y le agarraba de los tobillos cuando intentaba trepar a lo más alto. Le agarraba de los hombros cuando quería correr. Le tapaba la boca cuando necesitaba gritar. Con las luces del alba desaparecía y entonces escribía y vagaba y vivía y, de vez en cuando, mostraba sus escritos sin la esperanza de que nadie los publicara.

Un día de finales de verano estaba muy cansado y se tumbó bajo la sombra de unos chopos a la ribera de un riachuelo de montaña. Abrió los jirones de mochila que quedaban y sacó el cuaderno azul donde escribía últimamente. Lo abrió por la última página que quedaba en blanco y comenzó a escribir con su portaminas hasta llenarla casi hasta el final. Estaba muy, muy cansado. Escribió FIN.

Con sus últimas energías, escarbó un pequeño hoyo en el suelo y metió allí el cuaderno. Con sumo cariño lo cubrió de arena y cerró los ojos. Sabía que esa noche la sombra ya no vendría.

El cuerpo estaba frío cuando el encapuchado llegó acompañado del sonido de mecanismos y cadenas. Se arrodilló junto al hombre y desenterró con sus manos descarnadas aquel último cuaderno y lo devoró allí mismo. Llegó a la página final e hizo algo que jamás había hecho: lloró. Y guardó aquel cuaderno azul entre sus ropas, junto con los demás que había ido desenterrando y leyendo.

Y antes de irse, por segunda vez esa tarde hizo algo que nunca jamás había hecho. Se arrodilló ante aquel hombre sencillo y colocó entre sus manos un grueso cuaderno de tapas negras y espiral dorada.

sábado, 27 de marzo de 2010

El queso tenía moho

A pesar de estar empapado de sudor la nevera le tiraba más que la ducha. Mira que llevaba meses corriendo pero los últimos días se sentía más débil de lo normal y esa mañana casi le había dado una pájara a mitad de la carrera. Claro que estaba a régimen para perder peso y ponerse en forma, pero tenía que cuidar más su dieta si no quería lesionarse, no era cosa de broma.

Se quitó la camiseta y la tiró sobre la mesa de la cocina, luego abrió la puerta de la nevera y miró dentro. Plátanos -buenos por el potasio-, yogures, boquerones en vinagre, arroz con verduras de hacía tres días que debía estar hasta crujiente, verduras más o menos frescas salvo una berenjena que empezaba a arrugarse y coger un tono marrón nada apetecible, leche de soja, leche semidesnatada y dos tarrinas de queso fresco. Queso fresco era lo que le apetecía. Bebió del brick un par de tragos de leche de soja y cogió una de las tarrinas, una cuchara y se fue al salón a ver la tele mientras.

Levantó la tapa y se encontró con una floreciente civilización de colonias de hongos verdenegruzcos. Por un momento estuvo a punto de arrojarla con toda su frustración contra la tele pero vivía solo y le iba a tocar limpiar. Además, Turro meneaba la cola y se lo comería y a la mañana siguiente le tocaría limpiar su diarrea de la alfombra. Inspiró hondo y se lo llevó a la cocina. Vació el contenido en la bolsa de orgánica y echó el envase en la bolsa amarilla. Vuelta a la nevera.

Pies encima de la mesa, varios energúmenos hablando de las últimas corruptelas de los partidos políticos en la tele y cara de gilipollas con su nueva y aún más magnífica colonia fúngica quesofresquil. Puta mierda de supermercado descuento. Pero putísima mierda. Al final se comió un plátano y unos boquerones con pan de molde.

Después de soltar un par de pedos en el sofá decidió que era el momento de vaciar su bolsa de deporte. Abrió la cremallera y se encontró con los billetes del banco que acababa de atracar pringados de pintura antirrobo fucsia fluorescente. El tercer puto queso con moho del día.

miércoles, 24 de marzo de 2010

12:30

12:30

Esos numeritos rojos flotando en la oscuridad de la habitación eran todo cuanto existía. ¿Las 12:30 de qué? ¿De la mañana, de la madrugada, de la tarde -nunca se había aclarado si las 12:30 de la mañana eran las de la madrugada o las de la tarde-? ¿De qué día? No tenía resaca y sobre la almohada había un reguero de babas de dormir con la boca abierta por lo que no debía ser fin de semana. Tenía sueño pero se había despertado sobresaltado. Pensó en mirar la hora en su reloj de muñeca pero al instante le pareció absurdo hacerlo. Cerró los ojos. Tenía sueño.

12:30

Tenía sed. Todo seguía oscuro. Tenía sueño. Le dolían las piernas, ¿cansancio? No recordaba haber salido el día anterior a caminar pero la sensación era igual que la de un buen pateo de monte. No tenía hambre pero sí mucha sed, muchísima. La boca seca. Le podía el sueño, bebería luego.

12:30

Un tenue brillo rojizo le despertó por el rabillo del ojo. Los números del reloj rompían la negrura de sus sentidos. Casi podían oírse como un zumbido grave y molesto que se le metía dentro aunque cubriera su cabeza con la almohada. Era horrible, sólo quería que se le fuera esa migraña tan terrible y que los números se apagaran de una vez. No lo hacían. Ahí seguían, torturándolo, sin dejarlo dormir, sin poder siquiera escuchar sus propios pensamientos. BZZZZZZZ. Rojo. Negro.

12:30

Abrió los ojos. Las 12:30. ¿Qué hacía en la cama tan tarde? Si casi debía ser la hora de comer. No recordaba haber bajado las persianas, siempre dejaba una rendijilla para que entrara el aire de fuera y no se viciara el de la habitación. Seguro que era domingo porque no había sonado la alarma. Pues se iba a quedar un poco más. Total, estaba sola en casa.

12:30

Todo se veía blanco. Siempre supo que iba a ser así. Se sentía libre. El reloj de la pared marcaba las 12:30 con enormes números rojos sobre fondo negro. Antes de irse para siempre escuchó las palabras "hora del deceso: 12:30".

martes, 23 de marzo de 2010

Un buen lío de cables

Un buen lío de cables era lo que tenía sobre la mesa. Pablo -Pablito-, el autor de esa... ¿mierda?, dormía roncando en el sofá delante de una película de Steven Seagal sin sonido. No es que fuera una película muda sino que le había quitado el volumen para dormitar sin que le despertara el sonido de las ostias, choques, disparos y diálogos. Mucho trajín y muchas emociones para las pocas horas que tenía el día.

En un par de años maduraría y ya podría confiar en él determinadas tareas pero, de momento, acababa ella haciéndole todo y sacándole las castañas del fuego. Y ese barullo debía estar solucionado para mañana llevárselo al colegio. Las cosas no habían cambiado mucho desde que ella hiciera cacharros similares en las clases de pretecnología. No parecía que hubiera sido ayer, pero tampoco parecía que hubieran pasado ya tantos años como de hecho habían pasado. En fin, recordando el pasado no iba a terminar el trabajo de Pablo, así que se puso manos a la obra y a recordar todo el tema de interruptores, resistencias, bobinas y diodos y otras cosas que seguro que no iba a recordar. Pero era un circuito relativamente sencillo.

Cuando se quitó las gafas y las dejó sobre la mesa había una tía con las tetas de silicona bien ceñidas por un top azul gesticulando como si fuera una italiana histérica puesta hasta arriba de coca. Menos mal que estaba quitado el sonido. El mecanismo, aunque se veía cutre -vamos, que daba el pego para pasarlo como el de un chico de doce años- funcionaba. Estaba muy satisfecha. Eran casi las dos y Pablito seguía tirado en el sofá. Mira que le había dicho una y otra vez que debía irse a la cama porque si no al día siguiente le iba a doler la esplada. Pero no hacía caso y siempre se quedaba en el sofá esperando a que ella se lo llevara a la cama. Pues mira, esta noche iba a dormir en el salón, a ver si así aprendía. Se quedaba ella haciendo su tarea y él no asumía sus responsabilidades, y edad ya tenía. Cogió la mantita polar del resplado del sofá, se la echó por encima y le dio un besito de buenas noches en la frente. Le daba pena, pero si no, no aprendería nunca.

A las cinco y algo de la mañana le despertó Pablito metiéndose en la cama y abrazándola. A las siete les despertó la alarma. Mientras él se duchaba, vestía y guardaba el cacharro con cuidado en la mochila, ella preparó unos crepes rellenos de requesón, nueces y miel con un poco de canela espolvoreada y exprimió seis naranjas y un limón que repartió en dos vasos. Su desayuno favorito.

Luego salieron de casa y se metieron en el coche. No le gustaba mucho conducir por ciudad pero era la única manera de poder hacer algo de provecho a lo largo del día. Aparcaron justo enfrente de la puerta del colegio -menuda suerte, aunque llegaban pronto-, cogieron sus cosas y cerraron el coche. Pablito estaba radiante, muy contento con "su" trabajo.

Al mediodía vieron las noticias, su ciudad abría el telediario: humo, bomberos, ambulancias, muertos. La presentadora dijo que había sido una carnicería. El coche bomba había masacrado a más de veinte niños en la puerta del colegio.

De azul

De azul había pintado algún gilipollas la gorra de su hucha-pitufo de porcelana. Ahora más que un simpático personaje que guardara sus ahorrillos desde que era un crío tenía toda la pinta de un Borbón, Nefertiti o un alien salidos de Avatar. Era horrible lo que habían hecho de él tras toda una vida siendo el pitufo sin atributos (no reía, no tenía gafas, era varón...).

Le dio la vuelta y le quitó el tapón de goma. Dentro tenía un montón de monedas rojas y amarillas de céntimos de euro, alguna de euro y un par de dos euros, un billete de cinco, dos de diez y el de cincuenta que le había regalado su tía Marta y que seguramente era falso y se lo habían colado en la frutería.

102,32€. Guau. Un tío en paro que estaba más cerca de la cuarentena que de la treintena en pleno 2008 y con un asqueroso pitufo azul y poco más de 100 euros para sobrevivir hasta su próximo empleo. O hasta que consiguiera que le mandaran a la cárcel con su pensión completa. Lo jodido es que por no tener no tenía ni antecedentes, así que no le bastaba un delito menor sino que tenía que hacer algo un poco más grande, pero no tanto como para que le metieran en una prisión de alta seguridad.

Bajó a por el pan y un fuet a la tienda de los chinos. No quería pensar de dónde salía ese fuet. Fuet con una etiqueta en chino y que sabía mejor que el del super de toda la vida. Cogió también una lata de medio de cerveza de importación pero se lo pensó mejor y la cambio por una litrona de esas cutres que costaban menos y gracias a la rosca, podían durar algo más.

Se fue al parque, a ver a los viejos pasear a sus perros feos con dientes como piñones pegados ahí por un epiléptico en pleno ataque y un lacito en lo alto de la cabeza. También pasaban las tías que iban a las clases nocturnas de graduado escolar, pero se decía que eso era lo de menos. Plantó el culo en lo alto del respaldo de uno de esos bancos feos de hormigón, partió más o meno un tercio de barra de pan y peló un extremo del envoltorio del fiambre. Mezcló un mordisco de cada en su boca y se ayudó de un trago de cerveza para tragarlo. Y a repetir.

Esa cerveza le daba un poco de ardor. Esa o cualquiera de la que tomara un par de litros o tres al día durante semanas. La caja de Almax que le mangaba a su padre, pensionista, cada vez que iba de visita -a lavar la ropa sobre todo y cenar caliente- se le había acabado el día anterior. Y sus padres, junto con otros congéneres del Imserso, como una jauría ávida de sangre en un balneario perdido en algún lugar de Aragón.

Tiró el casco de la litrona a una papelera y se volvió a casa. Si no hubiera vendido la tele, miraría a ver si echaban algo interesante. Pero sólo le quedaba releer El Principito o tratar de leer el Ulises de Joyce. En fin, se acercó al escritorio, cogió el bote de Tippex y se fue a la habitación a por la hucha.

sábado, 20 de marzo de 2010

La última vez

Era la última vez que se ponía esa sudadera, tenía la tela llena de bolitas y los codos transparentes. Hacía ya... ¿diez? ¿doce años?

Era una noche de junio, a finales. Se acordaba de eso porque ya habían acabado las clases. Estaba empapada en la parada del autobús. Como a casi todos los que esperaban al último autobús, le había pillado la tormenta. Pero sus ojos no habían enrojecido por el humo y el alcohol. Hacía un buen rato que se le habían secado las lágrimas pero por el roto de sus entrañas no paraba de escapársele el aire y parecía que la vida misma.

No había visto nunca antes a aquel chico que se acuclilló ante ella y puso ambas manos en el banco, junto a sus piernas pero sin llegar a rozarlas. Ella sólo necesito unos pocos segundos para alzar su mirada y dirigirla hacia la negrura donde se escondía su rostro. Tenía el pelo largo, muy largo. Ondulado y castaño. O negro. Pero por encima del olor a tabaco de sus ropas le llegaba el dulzor de la vainilla. Durante unos instantes el tiempo barrió todo cuanto les rodeaba. Inmóviles y silenciosos, vivieron una relación intensa y única que se extendió durante la eternidad de unos segundos.

Él se incorporó, le chascó una rodilla y se quitó la sudadera. Le dio la vuelta y se la acercó a la cabeza. Ella levantó los brazos y se dejó hacer. Después, le cerró la cremallera del cuello. Se acuclilló de nuevo ante ella. Sonreían.

Llegó el autobús y se dijeron "hasta siempre" con una mirada. Ella se montó y vio cómo él se fundía con las sombras de las calles de la ciudad. Volvía a llover.


Anabel entró en el baño y se quitó la sudadera. La acercó a su rostro. Respirando con fuerza, aún podía intuirse la vainilla. La dobló y la dejó sobre la encimera. Podía usarla por lo menos una vez más.