Esto es sólo el esquema de un sueño que tiene Oiron en la novela. Lo acabo de escribir y he estirado mis brazos:
Sueña que vaga por una llanura yerma a la luz de una única luna pálida que ilumina todo con una intensidad que hace daño a los ojos. El suelo tiene el aspecto de una infinita llanura de harina, de piedras de harina, de rocas de harina. No sabe qué hace ahí, de dónde viene, hacia dónde camina. Mira hacia atrás, no ha dejado huellas. Mira al cielo y es un manto negro que le pesa sobre los hombros a pesar de la belleza de las estrellas que lo pueblan. Sólo le queda caminar hacia una luna que nunca alcanzará.
Lleva caminando no sabe cuánto y el paisaje sigue siendo el mismo y distinto con cada paso que da. La luna sigue en el mismo sitio, ligeramente por encima del horizonte y las estrellas parecen haberse ido cansando y apagándose poco a poco, cada vez hay menos y brillan con menor intensidad.
Se ha cansado de caminar. Se sienta. Se tumba y el suelo está duro y extremadamente frío, y el frío atraviesa sus ropas y su piel y se le mete dentro. Siente un escalofrío y tirita. Pero no quiere caminar, no quiere caminar por caminar, no tiene un por qué. Mira el firmamente, espera ver una estrella fugaz, un destello de cambio en ese mundo frío y muerto. Pero no llega y el frío es aún más insoportable que caminar sin un porqué.
Se gira sobre sí mismo, apoya ambas manos y se incorpora, tomando un puñado de tierra. Abre su mano y parte del polvo cae, parte queda en su palma temblorosa. Es un polvo ligero, hueco. Lo acerca a su nariz y huele a ceniza y ese olor se le mete hasta el fondo de su ánimo. Cabizbajo, sigue caminando en dirección a la luna. Atrás queda la huella de su cuerpo tumbado, sin pisadas que se le acerquen o partan de allí.
Trata de recordar algo de su vida, de su pasado, de quién es él pero sólo consigue que afloren a su rostro lágrimas de frustración que resbalan y dejan un rastro de sal sobre su piel. "¿Por qué?" se pregunta, pero no hay respuesta. Se acuclilla y sigue llorando y sus lágrimas caen al suelo durante horas hasta que abre de nuevo los ojos para ver un charco de barro lechoso a sus pies. Mete un dedo en él y lo observa. El barro se va evaporando y deja una costra blanca que se rompe cuando flexiona el dedo. Toma un poco de polvo y lo mezcla con el charco hasta acabar con una pelota arcillosa que manosea hasta que queda templada. Sigue caminando mientras juguetea con ella y hace un perrito que observa sobre su palma abierta. Sonríe y el perro se sienta y le ofrece su burda patita. Con el índice de la otra mano acaricia su nuca arcillosa y el perrito mueve el rabo y ladra cuando retira el dedo. Lo deja en el suelo y el perrito corretea a su lado, se adelanta, vuelve a él. Y deja un rastro de diminutas patitas en un suelo que ya no parece tan muerto.
Tiempo después un ejército de diminutas figuras blancas pululan a su alrededor ladrando, maullando, gorjeando y se siente feliz porque ya no está solo y se ríe y el eco de su risa retumba en la noche. Camina hacia la luna porque quiere seguir caminando junto a sus criaturas, llora para seguir llenando su mundo de vida.
Y entonces mira a esa luna que un día le pareció imposible de alcanzar y sacude la cabeza y ríe y sus criaturas reflejan el eco de su alegría. La mira fijamente y estira los brazos hacia ella y la envuelva en sus manos. Siempre estuvo ahí.
domingo, 16 de agosto de 2009
miércoles, 5 de agosto de 2009
Todos los días
La vida sigue siendo la misma perra imprevisible de siempre. ¡Qué diferentes acaban siendo las cosas a como uno pensaba que serían!
Este tiempo he vivido momentos muy felices, muy intensos y especiales. Y otros muy tristes en los que era un Atlas derrotado. He cambiado, no, he evolucionado y madurado a casi todos los niveles y me siento una persona muchísimo más fuerte de lo que era tan solo medio año antes.
A nivel físico ahora respiro por las noches. Descanso, tengo fuerza, tengo memoria, puedo razonar y hacer deporte de nuevo. A nivel anímico estoy soportando unos palos que tiempo atrás me hubieran roto. Y en mi día a día rutinario soy mejor amo de casa de lo que jamás he sido.
¿Y lo importante? He seguido escribiendo Yenom todos los días. Absolutamente todos. Me he quedado muy lejos de las 2.000 palabras diarias que esperaba pero no me siento decepcionado conmigo mismo, sólo he tenido que redirigir mis esfuerzos en otras direcciones. El día 1 de Septiembre comienzo a trabajar de profesor en un colegio pijo y me pagan bastante bien. Un trabajo que parece estable y satisfactorio para mí -que no fácil-. También he escrito el relato corto que más me ha gustado de cuantos han salido de mí -no está aún pulido en su forma definitiva-. Yenom mañana o pasado cumplirá las primeras 20.000 palabras, una cantidad mísera para lo que esperaba y una hazaña para éste que escribe.
Mi vida ahora se apoya en maderos podridos que flotan en aguas turbulentas. No tengo en qué apoyarme para mantenerme erguido y no paro de moverme tambaleándome de un lado a otro para tratar de no caer. Sólo sé que sigo escribiendo. Unos días más, otros menos, pero todos los días.
jueves, 14 de mayo de 2009
Ya ha llegado el día
Hoy es un día muy importante para mí. Un día con un sabor agridulce -me encanta la salsa agridulce- que, aunque olvide la fecha con el paso del tiempo, quedará grabado a sangre en mi vida. Un día que llevo ansiando y temiendo a partes iguales. Hoy es el día.
Me temo que una etapa de mi vida llega a su fin. Ha llegado el momento en el que dejo de parir una historia cada día y la vuelco en este blog. Si uno vuelve la mirada atrás y lee el propósito con el que lo inicié, podrá comprenderlo y alegrarse. Ha cumplido su misión: me he convencido de lo que soy y de lo que realmente quiero hacer en la vida. Debo ganarme los garbanzos de algún modo, eso está claro. No sé dónde iré a parar los próximos meses, si seguiré en Almería, si volveré a Maranchón ahora que parece que hay oportunidades reales para los licenciados que queremos repoblar la zona. O si viviré días de 20 horas en verano y noches iguales en invierno en Noruega. No lo sé, es irrelevante mientras pueda hacer lo que quiero hacer.
Hoy he empezado a escribir la que iba a ser y será mi primera novela: Yenom.
Claro que podría compaginar su escritura con seguir pariendo pequeñas semillas diarias en esta dirección. Pero prefiero entregarme a Yenom con todas las consecuencias. Calculo que deberé dedicar unas cuatro horas diarias de media para escribir las 2000 palabras que me he propuesto parir cada día. Unos días es posible que tarde sólo una hora, otros me iré a la cama insatisfecho trasdemasiadas muchas horas de pelea. Pero mi sueño está ahí, al alcance de mi mano, a unas pocas hojas del calendario. 90.000 palabras para cuando me despierte el 1 de julio.
Está claro que esto es sólo una estimación inicial, una propuesta que deberé modificar usando la cabeza y no el corazón. No tengo ni puta idea de escribir novelas pero esas 2000 palabras diarias son algo razonable según otros que ya han pisado este camino y se han consagrado como escritores. Tampoco sé cuántos borradores haré, cuántas ediciones, cuánto quitaré y cuánto ocupará al final. Esas 90.000 palabras son una guía para estos primeros 90 días. Quiero tener Yenom lejos de mis manos para principios de Octubre.
Pero este blog seguirá siendo actualizado. Cada día publicaré un breve resumen de mis logros vs. expectativas. Averque... me ha permitido también desarrollar la cualidad de la constancia, el mejor regalo que me he hecho en muchos, muchísimos años.
Por fin sé qué cojones escribir ahora. Muchas gracias por haberme seguido todo este tiempo, por vuestros comentarios, por hacerme saber que lo que hago no es una ilusión. Quiero que sepáis que sois en parte responsables de mi embarazo, padrinos y madrinas de Yenom.
Gracias por estar ahí. Hasta siempre. Hasta luego.
T.E.B.
Me temo que una etapa de mi vida llega a su fin. Ha llegado el momento en el que dejo de parir una historia cada día y la vuelco en este blog. Si uno vuelve la mirada atrás y lee el propósito con el que lo inicié, podrá comprenderlo y alegrarse. Ha cumplido su misión: me he convencido de lo que soy y de lo que realmente quiero hacer en la vida. Debo ganarme los garbanzos de algún modo, eso está claro. No sé dónde iré a parar los próximos meses, si seguiré en Almería, si volveré a Maranchón ahora que parece que hay oportunidades reales para los licenciados que queremos repoblar la zona. O si viviré días de 20 horas en verano y noches iguales en invierno en Noruega. No lo sé, es irrelevante mientras pueda hacer lo que quiero hacer.
Hoy he empezado a escribir la que iba a ser y será mi primera novela: Yenom.
Claro que podría compaginar su escritura con seguir pariendo pequeñas semillas diarias en esta dirección. Pero prefiero entregarme a Yenom con todas las consecuencias. Calculo que deberé dedicar unas cuatro horas diarias de media para escribir las 2000 palabras que me he propuesto parir cada día. Unos días es posible que tarde sólo una hora, otros me iré a la cama insatisfecho tras
Está claro que esto es sólo una estimación inicial, una propuesta que deberé modificar usando la cabeza y no el corazón. No tengo ni puta idea de escribir novelas pero esas 2000 palabras diarias son algo razonable según otros que ya han pisado este camino y se han consagrado como escritores. Tampoco sé cuántos borradores haré, cuántas ediciones, cuánto quitaré y cuánto ocupará al final. Esas 90.000 palabras son una guía para estos primeros 90 días. Quiero tener Yenom lejos de mis manos para principios de Octubre.
Pero este blog seguirá siendo actualizado. Cada día publicaré un breve resumen de mis logros vs. expectativas. Averque... me ha permitido también desarrollar la cualidad de la constancia, el mejor regalo que me he hecho en muchos, muchísimos años.
Por fin sé qué cojones escribir ahora. Muchas gracias por haberme seguido todo este tiempo, por vuestros comentarios, por hacerme saber que lo que hago no es una ilusión. Quiero que sepáis que sois en parte responsables de mi embarazo, padrinos y madrinas de Yenom.
Gracias por estar ahí. Hasta siempre. Hasta luego.
T.E.B.
Enganchado
El subidón de adrenalina era fortísimo, increíble. Lo único negativo eran las taquicardias y arritmias que le daban pero por lo demás nunca había experimentado nada semejante, y eso que había probado de casi todo. Debía tener medio cerebro churruscado y el hígado y otros órganos jodidos de tanto abuso de sustancias que cada vez le hacían menos. Y necesitaba algo que le diera ese subidón.
Y ahora ahí estaba, sólo, encerrado en un cuartucho de una pensión a la luz de las farolas y neones que entraban por la ventana, acurrucado bajo ella y con el viaje de su vida. Vale que sus colegas no podían enterarse de esto, era muy fuerte y jamás se lo perdonarían. Y se lo había pensado mucho, pero mira, no tenían por qué enterarse y si se enteraban de lo que estaba haciendo, tendrían que aceptarlo si de verdad eran buena gente. Es que, joder, tampoco era tan grave.
Llevaba horas ahí, bajo la ventana, metiéndose una tras otra. Tenía que parar pero enganchaba y no paraba de prometerse que esa sería la última, o la penúltima, y que en cuanto se le acabase se iría a los recreativos y dejaría algo "pa mañana".
Pero es que era la hostia, lo mejor que había probado en su puta vida. Y un par de horas antes de que amaneciera, se le acabó. Joder, qué cuerpo se le había quedado, menudo viaje. Necesitaba más y encima le salía gratis. Pasó de ducharse y del desayuno y cogió su ciclomotor para ir a pillar más. Llegó al edificio ese donde estaba la chica esa que le había pasado el tema. Estaba a reventar de peña, sobre todo de jóvenes que iban a por lo suyo, tanto para llevárselo a casa como para empezar a metérselo en uno de los sitios que habían habilitado ahí mismo.
En fin, ahí estaba la chica, sonriente como encantada de conocerse. Pero era buena gente. En cuanto le vio le dijo con un gesto que se acercase y le preguntó -más bien afirmó- que si le había gustado. Él le contestó que había venido a por más y que era la hostia y que ya se había enganchado. Ella le pasó otro y él, sonriente, le devolvió el libro que se leyó la noche anterior.
Y ahora ahí estaba, sólo, encerrado en un cuartucho de una pensión a la luz de las farolas y neones que entraban por la ventana, acurrucado bajo ella y con el viaje de su vida. Vale que sus colegas no podían enterarse de esto, era muy fuerte y jamás se lo perdonarían. Y se lo había pensado mucho, pero mira, no tenían por qué enterarse y si se enteraban de lo que estaba haciendo, tendrían que aceptarlo si de verdad eran buena gente. Es que, joder, tampoco era tan grave.
Llevaba horas ahí, bajo la ventana, metiéndose una tras otra. Tenía que parar pero enganchaba y no paraba de prometerse que esa sería la última, o la penúltima, y que en cuanto se le acabase se iría a los recreativos y dejaría algo "pa mañana".
Pero es que era la hostia, lo mejor que había probado en su puta vida. Y un par de horas antes de que amaneciera, se le acabó. Joder, qué cuerpo se le había quedado, menudo viaje. Necesitaba más y encima le salía gratis. Pasó de ducharse y del desayuno y cogió su ciclomotor para ir a pillar más. Llegó al edificio ese donde estaba la chica esa que le había pasado el tema. Estaba a reventar de peña, sobre todo de jóvenes que iban a por lo suyo, tanto para llevárselo a casa como para empezar a metérselo en uno de los sitios que habían habilitado ahí mismo.
En fin, ahí estaba la chica, sonriente como encantada de conocerse. Pero era buena gente. En cuanto le vio le dijo con un gesto que se acercase y le preguntó -más bien afirmó- que si le había gustado. Él le contestó que había venido a por más y que era la hostia y que ya se había enganchado. Ella le pasó otro y él, sonriente, le devolvió el libro que se leyó la noche anterior.
miércoles, 13 de mayo de 2009
Deseos
Desde que le leyeron el cuento del Rey Midas había deseado poder convertir en oro todo lo que tocara. Él era mucho más listo que ese rey y ya sabía cómo evitar que le pasase todo eso. El problema era que todo lo que tocase se convertiría en oro. Así, sólo tenía que evitar tocar aquello que no quería que se convirtiese y, en vez de tocarlo, ser tocado por ello. Le diría a alguien de confianza que le pusiese unos guantes y así ya podría manipular las cosas sin convertirlas en oro. Y para comer, aunque fuera incómodo, haría que le alimentasen con un tubo, como hacían con el abuelo en el hospital.
Así que cada noche rezaba con todos sus fuerzas para que le sucediese lo mismo que a Midas hasta quedarse dormido. Siguió haciéndolo con la pubertad, con la adolescencia, con su madurez recién estrenada. Y para su vigésimo cumpleaños, sus amigos le pagaron una puta para estrenarse. Y al ponerse el preservativo, éste se convirtió en oro. No podía creérselo y comenzó a pegar gritos de alegría.
Zzyrgh y Xrrowhn asistían estupefactos al magnífico espectáculo que se abría ante sus ojos. De todos los planetas que habían visitado en la galaxia en su luna de miel, ninguno mostraba una sensibilidad artística como éste en el que se encontraba. Era un planeta lleno de vida, de plantas, de animales. Verde, azul, pardo, amarillo. Todas las tonalidades tenían cabida en ese mundo medio cubierto de océanos de agua azul como su cielo.
Y la raza inteligente que un día habitó ese planeta -se había extinguido y aún se desconocía la causa- había dejado un legado de decenas de miles de detalladas estatuas de oro de mujeres.
Así que cada noche rezaba con todos sus fuerzas para que le sucediese lo mismo que a Midas hasta quedarse dormido. Siguió haciéndolo con la pubertad, con la adolescencia, con su madurez recién estrenada. Y para su vigésimo cumpleaños, sus amigos le pagaron una puta para estrenarse. Y al ponerse el preservativo, éste se convirtió en oro. No podía creérselo y comenzó a pegar gritos de alegría.
Zzyrgh y Xrrowhn asistían estupefactos al magnífico espectáculo que se abría ante sus ojos. De todos los planetas que habían visitado en la galaxia en su luna de miel, ninguno mostraba una sensibilidad artística como éste en el que se encontraba. Era un planeta lleno de vida, de plantas, de animales. Verde, azul, pardo, amarillo. Todas las tonalidades tenían cabida en ese mundo medio cubierto de océanos de agua azul como su cielo.
Y la raza inteligente que un día habitó ese planeta -se había extinguido y aún se desconocía la causa- había dejado un legado de decenas de miles de detalladas estatuas de oro de mujeres.
lunes, 11 de mayo de 2009
Geometría
A Jordi le fascinaban las pirámides de latas y cajas que hacían en los supermercados. Entre los primeros recuerdos que tenía de su infancia estaba el de corretear en pos de aquellas magníficas montañas de objetos conocidos que se repetían y juntaban para formar enormes estructuras. Se movía entonces en círculo alrededor mientras iba apretando suavemente con el dedo cada una de las piezas desde el suelo hasta donde llegaba. Su madre y la gente del supermercado se quedaban mirándole, sonriendo y diciéndose cosas que no le importaban; él sólo quería tocar todas y cada una, cerciorarse de que el orden era real, perfecto, que no había ningún elemento disonante que rompiera esa armonía. Si lo había -una lata bocabajo, una etiqueta mal girada, una caja algo descolocada- sentía como si le apretaran la tripa y le daban ganas de llorar y vomitar.
Con el paso de los años no perdió su interés. Gracias a la escuela entendía mucho mejor qué eran esas estructuras, cómo se mantenían, qué variaciones podían introducirse en ellas sin que perdieran el equilibrio, la armonía. Poco a poco empezó a quitar latas a intervalos regulares, mover cajas hacia dentro y hacia fuera o las giraba sobre un lateral de modo que quedasen como si girasen en espiral.
En cuanto cumplió catorce años convenció a su madre de que le dejase trabajar en el hipermercado los fines de semana. En la entrevista dejó muy claro que él quería ser reponedor, que no le importaba cobrar menos que los demás pero que le dejaran montar los expositores de las promociones. A aquella mujer rubia que quería ser más joven le gustó. Le gustó su iniciativa, le gustó su decisión. Incluso le gustó la idea de darle un toque artístico a los expositores. Le contrató por el mismo sueldo que al resto y le advirtió de que no llegara tarde el sábado.
La primera creación de Jordi no fue más que una estrella de cinco brazos que crecía hacia arriba girando en sentido horario. No estaba mal. Las siguientes semanas construyó bóvedas, cúpulas, arcos. Los niños podían entrar en sus construcciones y observarlas desde dentro.
Pronto se convirtió en una atracción, al hipermercado venían muchos visitantes sólo para observar el trabajo de Jordi y, de paso, hacían algo de compra. El encargado, tras consultarlo con sus superiores, ordenó reservar una esquina -la más cercana al muelle de carga- para que Jordi crease una especie de parque temático con distintos productos -cuyos fabricantes pagaban una prima- entretejidos en una diminuta ciudad de edificios imposibles.
Y en las vacaciones de verano de su vigésimo cumpleaños, Jordi encontró a su media naranja. Pau era un filósofo que había dejado todo para irse a vivir al campo, a repoblar una aldea. Tenía veintiocho años, la manera de ver el mundo de un sabio anciano y la vitalidad de un adolescente. Y se pasaba las horas cuidando y disfrutando de su huerto. En cuanto lo vio, Jordi supo que era él a quien había estado buscando toda la vida sin saberlo.
Jordi no volvió a la ciudad. Se quedo con Pau y juntos cuidaron de su huerto donde cultivaba una variedad propia de romanescu gigante.
Con el paso de los años no perdió su interés. Gracias a la escuela entendía mucho mejor qué eran esas estructuras, cómo se mantenían, qué variaciones podían introducirse en ellas sin que perdieran el equilibrio, la armonía. Poco a poco empezó a quitar latas a intervalos regulares, mover cajas hacia dentro y hacia fuera o las giraba sobre un lateral de modo que quedasen como si girasen en espiral.
En cuanto cumplió catorce años convenció a su madre de que le dejase trabajar en el hipermercado los fines de semana. En la entrevista dejó muy claro que él quería ser reponedor, que no le importaba cobrar menos que los demás pero que le dejaran montar los expositores de las promociones. A aquella mujer rubia que quería ser más joven le gustó. Le gustó su iniciativa, le gustó su decisión. Incluso le gustó la idea de darle un toque artístico a los expositores. Le contrató por el mismo sueldo que al resto y le advirtió de que no llegara tarde el sábado.
La primera creación de Jordi no fue más que una estrella de cinco brazos que crecía hacia arriba girando en sentido horario. No estaba mal. Las siguientes semanas construyó bóvedas, cúpulas, arcos. Los niños podían entrar en sus construcciones y observarlas desde dentro.
Pronto se convirtió en una atracción, al hipermercado venían muchos visitantes sólo para observar el trabajo de Jordi y, de paso, hacían algo de compra. El encargado, tras consultarlo con sus superiores, ordenó reservar una esquina -la más cercana al muelle de carga- para que Jordi crease una especie de parque temático con distintos productos -cuyos fabricantes pagaban una prima- entretejidos en una diminuta ciudad de edificios imposibles.
Y en las vacaciones de verano de su vigésimo cumpleaños, Jordi encontró a su media naranja. Pau era un filósofo que había dejado todo para irse a vivir al campo, a repoblar una aldea. Tenía veintiocho años, la manera de ver el mundo de un sabio anciano y la vitalidad de un adolescente. Y se pasaba las horas cuidando y disfrutando de su huerto. En cuanto lo vio, Jordi supo que era él a quien había estado buscando toda la vida sin saberlo.
Jordi no volvió a la ciudad. Se quedo con Pau y juntos cuidaron de su huerto donde cultivaba una variedad propia de romanescu gigante.
domingo, 10 de mayo de 2009
Sin cadena
La cadena yacía como una serpiente muerta en el fango en el que se hundían sus pies. Llovía y la luz de la tarde no era más que un manto grisáceo que ensuciaba las montañas, colinas, prados, valles y bosques que lo rodeaban. La moto ya no le servía de nada. Trató de empujarla hacia los árboles que crecían a la izquierda del cortafuegos por el que había circulado para esconderla pero era imposible con tanto barro. La tiró a un lado, le dio una patada y se cagó en Dios, en la puta ostia y en la leche que mamó el que hizo la moto.
La sensación de libertad con la que había empezado el viaje se fue convirtiendo en un estado de ánimo sombrío, sin palabras, sin otro pensamiento que no fuera el de seguir caminando y llegar a algún lugar seco y cálido donde revivir y comer algo. Joder, si tenía más hambre que frío y casi tanta como cabreo.
Trató de distraerse y disfrutar del paisaje. Nunca había pasado por ahí y, la verdad, de no ser por la mierda de situación en la que se encontraba seguramente le gustaría. Pero por él podía arder todo e irse a tomar por culo.
Al culminar la subida de una de las colinas vio una carretera a unos cientos de metros por debajo. Se había jurado no pisar el asfalto hasta llegar a su destino pero ahora todo había cambiado y sólo quería encontrar un jodido techo y comida. La verdad es que la gasolina de la moto que robó había durado bastante. Y con las herramientas se pudo quitar los grilletes de las manos.
Silbó y bajó trotando hacia la carretera.
La sensación de libertad con la que había empezado el viaje se fue convirtiendo en un estado de ánimo sombrío, sin palabras, sin otro pensamiento que no fuera el de seguir caminando y llegar a algún lugar seco y cálido donde revivir y comer algo. Joder, si tenía más hambre que frío y casi tanta como cabreo.
Trató de distraerse y disfrutar del paisaje. Nunca había pasado por ahí y, la verdad, de no ser por la mierda de situación en la que se encontraba seguramente le gustaría. Pero por él podía arder todo e irse a tomar por culo.
Al culminar la subida de una de las colinas vio una carretera a unos cientos de metros por debajo. Se había jurado no pisar el asfalto hasta llegar a su destino pero ahora todo había cambiado y sólo quería encontrar un jodido techo y comida. La verdad es que la gasolina de la moto que robó había durado bastante. Y con las herramientas se pudo quitar los grilletes de las manos.
Silbó y bajó trotando hacia la carretera.
sábado, 9 de mayo de 2009
Historias que no suceden
La luz rojiza del atardecer entraba por la ventana hasta el cuenco donde estaba amasando la pasta. Le gustaba la sensación de la masa abriéndose paso entre sus dedos, su calor, el olor de la levadura fermentando. La tarde se veía preciosa; los campos de trigo, aún verdes, se mecían y refulgían con la brisa de la sierra. Echó un pellizco de sal a la masa.
No hacía mucho que vivía con la sensación de ser libre, de poder prepararse su propia comida, de dormir en la misma cama cada noche, de escoger los alimentos en la tienda y pagarlos con su dinero. No hacía tantas noches que tenía que dormir escondida entre las rocas o en lo alto de los árboles y que sólo podía llevar consigo su esperanza de una vida mejor.
Unos nudillos contra la puerta la trajeron de su ensimismamiento. Devolvió al cuenco la masa que se había quedado pegada en sus regordetas manos y se las pasó por el delantal. Cojeó arrastrando la pierna hacia la puerta. No le hacía falta preguntar quién era. Descorrió el cerrojo, cerró los ojos y puso morritos.
Crujió la puerta al abrirse hacia afuera. Unos labios que dejaban escapar el aliento cálido y lleno de ajo y alcohol de un hombre se posaron en los suyos y los apretaron con dulzura. Abrió los ojos y los clavó en el de él. Era un ojo precioso, verdeazulado como las aguas de un lago. Le agarró de ambos lados de la cabeza y se lo besó. Luego besó el parche de cuero raído y repleto de manchas de sal de sudor y lo abrazó. Él se quitó el sombrero y lo colgó de la percha que había junto a la puerta. Se unió al abrazo.
Nunca podría acostumbrarse a tanto cariño, no podría cansarse jamás. Ninguna mujer lo había amado nunca, y tampoco tenía dinero ni propiedades. Sólo una vida humilde, sencilla, en la que disfrutar en silencio de los regalos que la naturaleza le daba. Y ahora estaba entre los brazos de alguien que llenaba todos los huecos que jamás pensó poder llenar. La besó con más fuerza.
Se bajó el telón y todo el teatro irrumpió en aplausos. La historia, los actores, la ambientación. Todo había sido perfecto. El público no dejaba de aplaudir. Yo no dejaba de aplaudir, emocionado por una historia que hacía posible lo imposible, creíble lo increíble. Una historia hermosa, escrita y puesta en escena por expresidiarios y drogadictos rehabilitados. Se alzó el telón. Aquellas dos personas seguían unidas en cuerpo y espíritu.
No hacía mucho que vivía con la sensación de ser libre, de poder prepararse su propia comida, de dormir en la misma cama cada noche, de escoger los alimentos en la tienda y pagarlos con su dinero. No hacía tantas noches que tenía que dormir escondida entre las rocas o en lo alto de los árboles y que sólo podía llevar consigo su esperanza de una vida mejor.
Unos nudillos contra la puerta la trajeron de su ensimismamiento. Devolvió al cuenco la masa que se había quedado pegada en sus regordetas manos y se las pasó por el delantal. Cojeó arrastrando la pierna hacia la puerta. No le hacía falta preguntar quién era. Descorrió el cerrojo, cerró los ojos y puso morritos.
Crujió la puerta al abrirse hacia afuera. Unos labios que dejaban escapar el aliento cálido y lleno de ajo y alcohol de un hombre se posaron en los suyos y los apretaron con dulzura. Abrió los ojos y los clavó en el de él. Era un ojo precioso, verdeazulado como las aguas de un lago. Le agarró de ambos lados de la cabeza y se lo besó. Luego besó el parche de cuero raído y repleto de manchas de sal de sudor y lo abrazó. Él se quitó el sombrero y lo colgó de la percha que había junto a la puerta. Se unió al abrazo.
Nunca podría acostumbrarse a tanto cariño, no podría cansarse jamás. Ninguna mujer lo había amado nunca, y tampoco tenía dinero ni propiedades. Sólo una vida humilde, sencilla, en la que disfrutar en silencio de los regalos que la naturaleza le daba. Y ahora estaba entre los brazos de alguien que llenaba todos los huecos que jamás pensó poder llenar. La besó con más fuerza.
Se bajó el telón y todo el teatro irrumpió en aplausos. La historia, los actores, la ambientación. Todo había sido perfecto. El público no dejaba de aplaudir. Yo no dejaba de aplaudir, emocionado por una historia que hacía posible lo imposible, creíble lo increíble. Una historia hermosa, escrita y puesta en escena por expresidiarios y drogadictos rehabilitados. Se alzó el telón. Aquellas dos personas seguían unidas en cuerpo y espíritu.
viernes, 8 de mayo de 2009
Civilizaciones perdidas
La luz del sol se quebraba en destellos de colores al atravesar los pedazos de cristal con los que había taponado el hueco en la pared. Fuera un mundo blanco cegador bajo la luz de un día sin nubes, azotado por un viento que arrastraba consigo la nieve en polvo como un fluido translúcido, fantasmal, que recubría las formas que no se había tragado la nevada. No tenían ninguna oportunidad si salían fuera en esas condiciones. Mejor que nevara y no hiciera viento a morir acuchillados por el frío que se escondía en la luminosidad.
Las ruinas de la torre habían sido su salvación. Hacía muchos siglos que los reinos que batallaban por esas tierras habían caído víctimas de sí mismos, aniquilados por el afán de estrujar hasta la más ínfima partícula de riqueza que pudiera haber escondido la tierra desde el amanecer del mundo. Ahora ellos, avanzadilla de una investigación conjunta entre la politécnica y la principal energética de su país volvían a caminar por esas tierras inhóspitas en busca de nuevos recursos que explotar. Tenían indicios de que en esa región podían encontrar lo que estaban buscando.
Trató de imaginarse cómo había sido el mundo entonces: los árboles, los animales, las costumbres, la música. En algún momento de su historia esa civilización habría vivido momentos exquisitos, delicados, hermosos. ¿Cómo habría sido su decadencia? ¿Se habría dado cuenta la gente de que corrían hacia su destrucción si no hacían nada por evitarlo? ¿Vivieron con calma o angustia sus últimos años, cuando ya sabían que no había marcha atrás?
Esas respuestas las tendrían que encontrar los arqueólogos e historiadores cuando estudiaran los restos que habían descubierto. Mientras tanto ellos debían continuar su trabajo de prospección. Y mientras durara esa tormenta de nieve, él pensaba explorar aquella extraña torre que, según los carteles que había por dentro, se llamaba Giralda.
Las ruinas de la torre habían sido su salvación. Hacía muchos siglos que los reinos que batallaban por esas tierras habían caído víctimas de sí mismos, aniquilados por el afán de estrujar hasta la más ínfima partícula de riqueza que pudiera haber escondido la tierra desde el amanecer del mundo. Ahora ellos, avanzadilla de una investigación conjunta entre la politécnica y la principal energética de su país volvían a caminar por esas tierras inhóspitas en busca de nuevos recursos que explotar. Tenían indicios de que en esa región podían encontrar lo que estaban buscando.
Trató de imaginarse cómo había sido el mundo entonces: los árboles, los animales, las costumbres, la música. En algún momento de su historia esa civilización habría vivido momentos exquisitos, delicados, hermosos. ¿Cómo habría sido su decadencia? ¿Se habría dado cuenta la gente de que corrían hacia su destrucción si no hacían nada por evitarlo? ¿Vivieron con calma o angustia sus últimos años, cuando ya sabían que no había marcha atrás?
Esas respuestas las tendrían que encontrar los arqueólogos e historiadores cuando estudiaran los restos que habían descubierto. Mientras tanto ellos debían continuar su trabajo de prospección. Y mientras durara esa tormenta de nieve, él pensaba explorar aquella extraña torre que, según los carteles que había por dentro, se llamaba Giralda.
jueves, 7 de mayo de 2009
Sombra
La sombra se le aparecía donde quisiera que mirara. Estaba aterrorizado, jamás debió haber sido tan bocazas de decir que podía pasar una noche solo en la casa de la colina.
Fue después de la cena cuando apareció. Una mancha oscura que surgía por el rabillo del ojo y se mantenía ahí, semioculta. Pero presente.
Fue después de la cena cuando apareció. Una mancha oscura que surgía por el rabillo del ojo y se mantenía ahí, semioculta. Pero presente.
Apagó la luz. Y desaparecía. Pero le daba pánico no saber dónde estaba. Volvió a encenderla. Juraría que se había movido, pero tampoco tenía la certeza. Su corazón comenzó a latir a trompicones, tenía la boca seca. Se apartó el flequillo de la cara. La mancha, enorme, estaba encima de él.
Sintió fuego en el pecho. Se le hizo la noche.
El detective Jackson miró de nuevo al cadáver. Un hombre en la treintena rodeado de restos de comida, latas de cerveza vacías, dos chustas de porro y un cristal de las gafas manchado de mayonesa.
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