martes, 10 de noviembre de 2009

¿Loco?

Era una noche realmente fría en la que una luna menguante parecía romper el silencio del que el viento se había adueñado. Parecía un hombre solo, perdido, con la mente largamente ida a un lugar donde nadie pudiera dañarla de nuevo. Cada vez que llegaba a una nueva aldea la gente le miraba con pena y recelo, ¡pobre hombre! Un desgraciado sin nada. Y después se encerraban en sus casas a cenar y farfullar hasta la hora de dormir.

Con la ayuda de un viejo abrigo raído que había encontrado la noche pasada, el loco siguió caminando bajo la luz de las estrellas. ¡Qué bueno era no tener nada, nada le impedía ir donde quisiera!

domingo, 25 de octubre de 2009

Amanece

Hacía muchos años que no veía salir el sol. Quizá una vida que no lo vi salir del mar. Sentado en la playa, Haizea e Iratxo corriendo por la arena y yo vivo como no recordaba haberlo estado. El cielo amarilleaba hasta que, sin darme cuenta, ardió como ardía el último cigarrillo que me quedaba.

Dos fantasmas estaban conmigo. B, acechando, depredadora. V, mirándome melancólica desde la lejanía. Y la luz del sol naciendo de donde había noche les cerró la boca. Ambas se quedaron a mi lado, mirando el amanecer. En silencio. No había pena, no había dolor. Sólo sol, arena, piedras, agua y viento. Me dejé caer y mi cuerpo se fundía con la playa. Eluveitie en mi cerebro.

Más letras que se acumulan en mi cabeza, la última una R en forma de libro que quizá no quiero escribir. El mar se las lleva y estoy solo pero vivo como H e I que viven porque no saben hacer otra cosa.

No puedo dejar de sonreir porque la vida me tuerce la boca y no es una mueca.

Sólo mis palabras arañan el tiempo y dejan su marca. ¡Existo!

martes, 20 de octubre de 2009

Y la estrella vuelve a brillar

Me falta algo. Desde que se me desquició la vida que creía tener dejé de escribir y ahora sólo soy un cacho de carne que va dejando pasar los días lo mejor que puede. Intenté terminar Yenom pero la vida ha sido más fuerte que yo y no he querido darme cuenta hasta estos días.

En otro tiempo hubiera escrito un post mortificándome y que terminaría con un propósito firme y definitivo de hacer por mis santos cojones lo que estoy destinado a hacer.

Pero ahora sólo escribo unas líneas que pedían salir, nada más.

Y nada menos.

Hasta mañana.

domingo, 16 de agosto de 2009

El sueño inalcanzable

Esto es sólo el esquema de un sueño que tiene Oiron en la novela. Lo acabo de escribir y he estirado mis brazos:

Sueña que vaga por una llanura yerma a la luz de una única luna pálida que ilumina todo con una intensidad que hace daño a los ojos. El suelo tiene el aspecto de una infinita llanura de harina, de piedras de harina, de rocas de harina. No sabe qué hace ahí, de dónde viene, hacia dónde camina. Mira hacia atrás, no ha dejado huellas. Mira al cielo y es un manto negro que le pesa sobre los hombros a pesar de la belleza de las estrellas que lo pueblan. Sólo le queda caminar hacia una luna que nunca alcanzará.
Lleva caminando no sabe cuánto y el paisaje sigue siendo el mismo y distinto con cada paso que da. La luna sigue en el mismo sitio, ligeramente por encima del horizonte y las estrellas parecen haberse ido cansando y apagándose poco a poco, cada vez hay menos y brillan con menor intensidad.
Se ha cansado de caminar. Se sienta. Se tumba y el suelo está duro y extremadamente frío, y el frío atraviesa sus ropas y su piel y se le mete dentro. Siente un escalofrío y tirita. Pero no quiere caminar, no quiere caminar por caminar, no tiene un por qué. Mira el firmamente, espera ver una estrella fugaz, un destello de cambio en ese mundo frío y muerto. Pero no llega y el frío es aún más insoportable que caminar sin un porqué.
Se gira sobre sí mismo, apoya ambas manos y se incorpora, tomando un puñado de tierra. Abre su mano y parte del polvo cae, parte queda en su palma temblorosa. Es un polvo ligero, hueco. Lo acerca a su nariz y huele a ceniza y ese olor se le mete hasta el fondo de su ánimo. Cabizbajo, sigue caminando en dirección a la luna. Atrás queda la huella de su cuerpo tumbado, sin pisadas que se le acerquen o partan de allí.
Trata de recordar algo de su vida, de su pasado, de quién es él pero sólo consigue que afloren a su rostro lágrimas de frustración que resbalan y dejan un rastro de sal sobre su piel. "¿Por qué?" se pregunta, pero no hay respuesta. Se acuclilla y sigue llorando y sus lágrimas caen al suelo durante horas hasta que abre de nuevo los ojos para ver un charco de barro lechoso a sus pies. Mete un dedo en él y lo observa. El barro se va evaporando y deja una costra blanca que se rompe cuando flexiona el dedo. Toma un poco de polvo y lo mezcla con el charco hasta acabar con una pelota arcillosa que manosea hasta que queda templada. Sigue caminando mientras juguetea con ella y hace un perrito que observa sobre su palma abierta. Sonríe y el perro se sienta y le ofrece su burda patita. Con el índice de la otra mano acaricia su nuca arcillosa y el perrito mueve el rabo y ladra cuando retira el dedo. Lo deja en el suelo y el perrito corretea a su lado, se adelanta, vuelve a él. Y deja un rastro de diminutas patitas en un suelo que ya no parece tan muerto.
Tiempo después un ejército de diminutas figuras blancas pululan a su alrededor ladrando, maullando, gorjeando y se siente feliz porque ya no está solo y se ríe y el eco de su risa retumba en la noche. Camina hacia la luna porque quiere seguir caminando junto a sus criaturas, llora para seguir llenando su mundo de vida.
Y entonces mira a esa luna que un día le pareció imposible de alcanzar y sacude la cabeza y ríe y sus criaturas reflejan el eco de su alegría. La mira fijamente y estira los brazos hacia ella y la envuelva en sus manos. Siempre estuvo ahí.

miércoles, 5 de agosto de 2009

Todos los días

La vida sigue siendo la misma perra imprevisible de siempre. ¡Qué diferentes acaban siendo las cosas a como uno pensaba que serían!

Este tiempo he vivido momentos muy felices, muy intensos y especiales. Y otros muy tristes en los que era un Atlas derrotado. He cambiado, no, he evolucionado y madurado a casi todos los niveles y me siento una persona muchísimo más fuerte de lo que era tan solo medio año antes.

A nivel físico ahora respiro por las noches. Descanso, tengo fuerza, tengo memoria, puedo razonar y hacer deporte de nuevo. A nivel anímico estoy soportando unos palos que tiempo atrás me hubieran roto. Y en mi día a día rutinario soy mejor amo de casa de lo que jamás he sido.

¿Y lo importante? He seguido escribiendo Yenom todos los días. Absolutamente todos. Me he quedado muy lejos de las 2.000 palabras diarias que esperaba pero no me siento decepcionado conmigo mismo, sólo he tenido que redirigir mis esfuerzos en otras direcciones. El día 1 de Septiembre comienzo a trabajar de profesor en un colegio pijo y me pagan bastante bien. Un trabajo que parece estable y satisfactorio para mí -que no fácil-. También he escrito el relato corto que más me ha gustado de cuantos han salido de mí -no está aún pulido en su forma definitiva-. Yenom mañana o pasado cumplirá las primeras 20.000 palabras, una cantidad mísera para lo que esperaba y una hazaña para éste que escribe.

Mi vida ahora se apoya en maderos podridos que flotan en aguas turbulentas. No tengo en qué apoyarme para mantenerme erguido y no paro de moverme tambaleándome de un lado a otro para tratar de no caer. Sólo sé que sigo escribiendo. Unos días más, otros menos, pero todos los días.

jueves, 14 de mayo de 2009

Ya ha llegado el día

Hoy es un día muy importante para mí. Un día con un sabor agridulce -me encanta la salsa agridulce- que, aunque olvide la fecha con el paso del tiempo, quedará grabado a sangre en mi vida. Un día que llevo ansiando y temiendo a partes iguales. Hoy es el día.

Me temo que una etapa de mi vida llega a su fin. Ha llegado el momento en el que dejo de parir una historia cada día y la vuelco en este blog. Si uno vuelve la mirada atrás y lee el propósito con el que lo inicié, podrá comprenderlo y alegrarse. Ha cumplido su misión: me he convencido de lo que soy y de lo que realmente quiero hacer en la vida. Debo ganarme los garbanzos de algún modo, eso está claro. No sé dónde iré a parar los próximos meses, si seguiré en Almería, si volveré a Maranchón ahora que parece que hay oportunidades reales para los licenciados que queremos repoblar la zona. O si viviré días de 20 horas en verano y noches iguales en invierno en Noruega. No lo sé, es irrelevante mientras pueda hacer lo que quiero hacer.

Hoy he empezado a escribir la que iba a ser y será mi primera novela: Yenom.

Claro que podría compaginar su escritura con seguir pariendo pequeñas semillas diarias en esta dirección. Pero prefiero entregarme a Yenom con todas las consecuencias. Calculo que deberé dedicar unas cuatro horas diarias de media para escribir las 2000 palabras que me he propuesto parir cada día. Unos días es posible que tarde sólo una hora, otros me iré a la cama insatisfecho tras demasiadas muchas horas de pelea. Pero mi sueño está ahí, al alcance de mi mano, a unas pocas hojas del calendario. 90.000 palabras para cuando me despierte el 1 de julio.

Está claro que esto es sólo una estimación inicial, una propuesta que deberé modificar usando la cabeza y no el corazón. No tengo ni puta idea de escribir novelas pero esas 2000 palabras diarias son algo razonable según otros que ya han pisado este camino y se han consagrado como escritores. Tampoco sé cuántos borradores haré, cuántas ediciones, cuánto quitaré y cuánto ocupará al final. Esas 90.000 palabras son una guía para estos primeros 90 días. Quiero tener Yenom lejos de mis manos para principios de Octubre.

Pero este blog seguirá siendo actualizado. Cada día publicaré un breve resumen de mis logros vs. expectativas. Averque... me ha permitido también desarrollar la cualidad de la constancia, el mejor regalo que me he hecho en muchos, muchísimos años.

Por fin sé qué cojones escribir ahora. Muchas gracias por haberme seguido todo este tiempo, por vuestros comentarios, por hacerme saber que lo que hago no es una ilusión. Quiero que sepáis que sois en parte responsables de mi embarazo, padrinos y madrinas de Yenom.

Gracias por estar ahí. Hasta siempre. Hasta luego.

T.E.B.

Enganchado

El subidón de adrenalina era fortísimo, increíble. Lo único negativo eran las taquicardias y arritmias que le daban pero por lo demás nunca había experimentado nada semejante, y eso que había probado de casi todo. Debía tener medio cerebro churruscado y el hígado y otros órganos jodidos de tanto abuso de sustancias que cada vez le hacían menos. Y necesitaba algo que le diera ese subidón.

Y ahora ahí estaba, sólo, encerrado en un cuartucho de una pensión a la luz de las farolas y neones que entraban por la ventana, acurrucado bajo ella y con el viaje de su vida. Vale que sus colegas no podían enterarse de esto, era muy fuerte y jamás se lo perdonarían. Y se lo había pensado mucho, pero mira, no tenían por qué enterarse y si se enteraban de lo que estaba haciendo, tendrían que aceptarlo si de verdad eran buena gente. Es que, joder, tampoco era tan grave.

Llevaba horas ahí, bajo la ventana, metiéndose una tras otra. Tenía que parar pero enganchaba y no paraba de prometerse que esa sería la última, o la penúltima, y que en cuanto se le acabase se iría a los recreativos y dejaría algo "pa mañana".

Pero es que era la hostia, lo mejor que había probado en su puta vida. Y un par de horas antes de que amaneciera, se le acabó. Joder, qué cuerpo se le había quedado, menudo viaje. Necesitaba más y encima le salía gratis. Pasó de ducharse y del desayuno y cogió su ciclomotor para ir a pillar más. Llegó al edificio ese donde estaba la chica esa que le había pasado el tema. Estaba a reventar de peña, sobre todo de jóvenes que iban a por lo suyo, tanto para llevárselo a casa como para empezar a metérselo en uno de los sitios que habían habilitado ahí mismo.

En fin, ahí estaba la chica, sonriente como encantada de conocerse. Pero era buena gente. En cuanto le vio le dijo con un gesto que se acercase y le preguntó -más bien afirmó- que si le había gustado. Él le contestó que había venido a por más y que era la hostia y que ya se había enganchado. Ella le pasó otro y él, sonriente, le devolvió el libro que se leyó la noche anterior.

miércoles, 13 de mayo de 2009

Deseos

Desde que le leyeron el cuento del Rey Midas había deseado poder convertir en oro todo lo que tocara. Él era mucho más listo que ese rey y ya sabía cómo evitar que le pasase todo eso. El problema era que todo lo que tocase se convertiría en oro. Así, sólo tenía que evitar tocar aquello que no quería que se convirtiese y, en vez de tocarlo, ser tocado por ello. Le diría a alguien de confianza que le pusiese unos guantes y así ya podría manipular las cosas sin convertirlas en oro. Y para comer, aunque fuera incómodo, haría que le alimentasen con un tubo, como hacían con el abuelo en el hospital.

Así que cada noche rezaba con todos sus fuerzas para que le sucediese lo mismo que a Midas hasta quedarse dormido. Siguió haciéndolo con la pubertad, con la adolescencia, con su madurez recién estrenada. Y para su vigésimo cumpleaños, sus amigos le pagaron una puta para estrenarse. Y al ponerse el preservativo, éste se convirtió en oro. No podía creérselo y comenzó a pegar gritos de alegría.

Zzyrgh y Xrrowhn asistían estupefactos al magnífico espectáculo que se abría ante sus ojos. De todos los planetas que habían visitado en la galaxia en su luna de miel, ninguno mostraba una sensibilidad artística como éste en el que se encontraba. Era un planeta lleno de vida, de plantas, de animales. Verde, azul, pardo, amarillo. Todas las tonalidades tenían cabida en ese mundo medio cubierto de océanos de agua azul como su cielo.

Y la raza inteligente que un día habitó ese planeta -se había extinguido y aún se desconocía la causa- había dejado un legado de decenas de miles de detalladas estatuas de oro de mujeres.

lunes, 11 de mayo de 2009

Geometría

A Jordi le fascinaban las pirámides de latas y cajas que hacían en los supermercados. Entre los primeros recuerdos que tenía de su infancia estaba el de corretear en pos de aquellas magníficas montañas de objetos conocidos que se repetían y juntaban para formar enormes estructuras. Se movía entonces en círculo alrededor mientras iba apretando suavemente con el dedo cada una de las piezas desde el suelo hasta donde llegaba. Su madre y la gente del supermercado se quedaban mirándole, sonriendo y diciéndose cosas que no le importaban; él sólo quería tocar todas y cada una, cerciorarse de que el orden era real, perfecto, que no había ningún elemento disonante que rompiera esa armonía. Si lo había -una lata bocabajo, una etiqueta mal girada, una caja algo descolocada- sentía como si le apretaran la tripa y le daban ganas de llorar y vomitar.

Con el paso de los años no perdió su interés. Gracias a la escuela entendía mucho mejor qué eran esas estructuras, cómo se mantenían, qué variaciones podían introducirse en ellas sin que perdieran el equilibrio, la armonía. Poco a poco empezó a quitar latas a intervalos regulares, mover cajas hacia dentro y hacia fuera o las giraba sobre un lateral de modo que quedasen como si girasen en espiral.

En cuanto cumplió catorce años convenció a su madre de que le dejase trabajar en el hipermercado los fines de semana. En la entrevista dejó muy claro que él quería ser reponedor, que no le importaba cobrar menos que los demás pero que le dejaran montar los expositores de las promociones. A aquella mujer rubia que quería ser más joven le gustó. Le gustó su iniciativa, le gustó su decisión. Incluso le gustó la idea de darle un toque artístico a los expositores. Le contrató por el mismo sueldo que al resto y le advirtió de que no llegara tarde el sábado.

La primera creación de Jordi no fue más que una estrella de cinco brazos que crecía hacia arriba girando en sentido horario. No estaba mal. Las siguientes semanas construyó bóvedas, cúpulas, arcos. Los niños podían entrar en sus construcciones y observarlas desde dentro.

Pronto se convirtió en una atracción, al hipermercado venían muchos visitantes sólo para observar el trabajo de Jordi y, de paso, hacían algo de compra. El encargado, tras consultarlo con sus superiores, ordenó reservar una esquina -la más cercana al muelle de carga- para que Jordi crease una especie de parque temático con distintos productos -cuyos fabricantes pagaban una prima- entretejidos en una diminuta ciudad de edificios imposibles.

Y en las vacaciones de verano de su vigésimo cumpleaños, Jordi encontró a su media naranja. Pau era un filósofo que había dejado todo para irse a vivir al campo, a repoblar una aldea. Tenía veintiocho años, la manera de ver el mundo de un sabio anciano y la vitalidad de un adolescente. Y se pasaba las horas cuidando y disfrutando de su huerto. En cuanto lo vio, Jordi supo que era él a quien había estado buscando toda la vida sin saberlo.

Jordi no volvió a la ciudad. Se quedo con Pau y juntos cuidaron de su huerto donde cultivaba una variedad propia de romanescu gigante.

domingo, 10 de mayo de 2009

Sin cadena

La cadena yacía como una serpiente muerta en el fango en el que se hundían sus pies. Llovía y la luz de la tarde no era más que un manto grisáceo que ensuciaba las montañas, colinas, prados, valles y bosques que lo rodeaban. La moto ya no le servía de nada. Trató de empujarla hacia los árboles que crecían a la izquierda del cortafuegos por el que había circulado para esconderla pero era imposible con tanto barro. La tiró a un lado, le dio una patada y se cagó en Dios, en la puta ostia y en la leche que mamó el que hizo la moto.

La sensación de libertad con la que había empezado el viaje se fue convirtiendo en un estado de ánimo sombrío, sin palabras, sin otro pensamiento que no fuera el de seguir caminando y llegar a algún lugar seco y cálido donde revivir y comer algo. Joder, si tenía más hambre que frío y casi tanta como cabreo.

Trató de distraerse y disfrutar del paisaje. Nunca había pasado por ahí y, la verdad, de no ser por la mierda de situación en la que se encontraba seguramente le gustaría. Pero por él podía arder todo e irse a tomar por culo.

Al culminar la subida de una de las colinas vio una carretera a unos cientos de metros por debajo. Se había jurado no pisar el asfalto hasta llegar a su destino pero ahora todo había cambiado y sólo quería encontrar un jodido techo y comida. La verdad es que la gasolina de la moto que robó había durado bastante. Y con las herramientas se pudo quitar los grilletes de las manos.

Silbó y bajó trotando hacia la carretera.