jueves, 10 de enero de 2008

Lágrimas

El mundo era horrible, abominable, injusto, hostil. Dolía. Y no había nada que hacer.

Llegó el día en que aquel hombre se cansó de llorar. Pudo entonces alzar la vista y observar. Abrir sus oídos y escuchar. Dejar de pensar y comprender.

miércoles, 9 de enero de 2008

Lejos

Mis palabras hay que buscarlas en el lugar donde descansan las civilizaciones olvidadas.

Sueños de un niño

Con los ojos llorosos cubría de tierra el agujero que había cavado en el jardín de su casa. A pesar de lo que dijeran los mayores sobre la vida y la muerte a raíz de su berrinche -o quizá por eso mismo- no pensaba en que así, enterrándola, su mascota fuera a pasar a una vida mejor y más plena.

Todo el mundo, salvo Sara, se había reído cuando les había presentado a Blas, recogido esa misma tarde en el parque. "Raúl, cuando seas más mayor te compraremos un perro. Pero deshazte de eso ahora". Pues peor para ellos, porque Blas iba a ser su amigo para siempre.

Pero a pesar de sus cuidados, con el paso de los días Blas comenzó a tener peor aspecto hasta que le obligaron a enterrarlo detrás de casa. "Cuando seas mayor lo entenderás" le decían sonriendo con cara triste.

Y semanas después Raúl presenció el milagro: donde había enterrado a Blas, ahora brotaba una planta. Riendo, gritando, corriendo, se lo dijo al mundo. Blas, su melocotón-mascota, se había vuelto árbol.

lunes, 7 de enero de 2008

Ουροβóρος


Cuando por fin me distancio del papel o la pantalla y releo mis palabras a menudo ya no sé quién ha creado a quién. No soy más que el vehículo por el cuál una serie de ideas logran escurrirse hasta este mundo y manifestarse con mayor o menor fortuna.

Escribo porque no tiene sentido dejar de hacerlo. Cualquier otra actividad es accesoria cuando la juzgo desde las arenas caídas del tiempo. Soy cuando fluyo, como el viento.

Cada susurro de vuestra mente, de vuestros labios, me da alas...

domingo, 6 de enero de 2008

Hambre

Este año las cosas estaban más jodidas de lo habitual. La gente ya no daba limosna por las buenas y había mucho nuevo desesperado tratando de conseguir unos euros para comer. Los críos de la plaza no tenían mucho, les había sacado unos cuatro euros y pico y tenía que largarse a otro barrio antes de que se juntaran varios para darle una paliza.

Las taquillas del metro estaban llenas de seguratas así que salió de nuevo a la calle y se fue andando hacia el extrarradio. Casi una hora después llamaba a la puerta del chabolo del Charli a por una papelina. Con lo que le sobraba aún podría pillarse algo más para pasar la noche. Otro paseo hasta el Seven Eleven.

Fue rebuscando por las estanterías mientras un empleado le seguía sin ningún pudor. Encontró lo que buscaba y pagó. Después se acercó a un parque, se chutó tras unos matorrales y buscó un banco bajo una farola. Se sentó, encendió un cigarro, y se puso a leer el libro de poesía que acababa de comprar.

sábado, 5 de enero de 2008

viernes, 4 de enero de 2008

El manicomio

¿Por qué se habían callado las voces? Corría por los pasillos del manicomio desesperada, empujando a pacientes y celadores, chocándose con mesas, sillas, puertas. No gritaba; no quería hacer ruido en su interior para poder oir las voces, por si habían quedado afónicas. Pero no decían nada. Ni una queda risa de burla.

¿Qué iba a ser de ella ahora? Si se enteraban, le darían el alta y volvería al mundo de fuera. Los celadores se acercaban corriendo hacia ella por el pasillo. No, no iba a ser capaz de fingir, todo era demasiado claro y coherente. El miedo se apoderó de ella, le costaba respirar. Los celadores la sujetaron con fuerza. Seguro que la iban a llevar a la enfermería para que se calmara y luego al director del centro. Y éste vería que ya no oía voces y le daría el alta...

Ahora sí. Gritó, gritó y gritó. Los ojos cerrados del esfuerzo por gritar. El mundo se desvanecía roto por sus aullidos. Un chasquido. Oscuridad.

Lucía había muerto de un ataque de cordura.

jueves, 3 de enero de 2008

Artesano

No era el agujero más pequeño que podía hacer. Sobre todo porque no se quitaba la la manía de redondearlo para que quedara perfecto y, claro, así lo agrandaba. Y encima sus ojos cada año veían un poquito peor y sus manos temblaban un poco más. A este paso nunca lo conseguiría.

Ese verano Pablo se preguntaba qué se traía su abuelo entre manos, que siempre lo encontraba encorvado sobre la mesa de su taller cuando se levantaba y nunca le dejaba ver lo que hacía. Sólo sabía que, de vez en cuando, le mandaba a por cajitas pequeñas de cerillas al colmado. Y de las de madera, nada de papel encerado o cartulina. Su abuelo se rió a carcajadas el día que le preguntó que por qué no se compraba un mechero y luego le hizo acercarse, le abrazó un buen rato y le besó varias veces la cabeza.

Llegaron los primeros fríos del otoño y su abuelo murió. Sobre la mesa de su taller había una cajita de fósforos forrada de terciopelo rojo y que ponía Pablo con letras recortadas en latón. Dentro había un juego incompleto de diminutas fichas de dominó talladas a partir de vástagos de cerilla.

miércoles, 2 de enero de 2008

Figuritas

Los cuatro regalos que había recibido cabían en su manita de niño. Cuatro figuritas talladas por su hermano en piedras del río. Eran un hombre, una mujer, un perro y otro perro. Muy rígidos, posando como estatuas, pero se quedaban en pie cuando los apoyaba sobre la mesa o el suelo. Se tiraba horas y horas jugando con ellos hasta que su hermano volvía a casa con algo para cenar.

Ahora su hermano tenía que irse a la guerra pero volvería, lo había prometido. Mientras, se quedaría en la casa en la que trabajaba su tía y ayudaría con las tareas más sencillas. Su hermano no lloró cuando se despidieron.

Durante dos años y un verano esperó todos los días su regreso. Aunque ya casi no tenía tiempo libre, seguía jugando con las figuritas casi todas las noches.

A mediados del otoño llegó un cartero a la casa con un paquete para él. Sabía que era de su hermano. Dentro había una figurita de un soldado partida en dos. Ninguna carta -había aprendido a leer estos años-.

"Se me partió entre los dedos cuando nos dijeron que había acabado la guerra" le contó su hermano entre besos y abrazos el día de su vuelta.

martes, 1 de enero de 2008

Luces amarillas

No había tantas cosas por hacer. Con un poco de suerte acabaría antes de las 21:00 y podría coger el tren de las 21:12. Terminó de barrer el despacho y preparó un cubo con dos tapones de fregasuelos.

A las 20:47 terminó de ponerse la ropa de calle. Se despidió de Quintín, el segurata, y caminó a paso ligero hacia la estación. Las calles estaban bastante vacías -por el frío, seguramente- pero las pocas caras con las que se iba cruzando parecían conformes con sus vidas. Incluso alegres. No iba a ser menos, y sonrió.

En el tren se sentó con las piernas cruzadas sobre el asiento de enfrente y miró por la ventana los miles de luces amarillas que daban vida a la ciudad. ¿Cuántas noches llevaría ya viendo esas luces? ¿Cuántas más le quedarían por vivir? Cansada, se durmió.