sábado, 10 de noviembre de 2007

Noche de paz

Esa noche de Navidad un manto de calma parecía haber caído sobre la tierra. El cielo se veía despejado y, sin embargo, los copos seguían cayendo y depositándose unos sobre otros con cuidado de no hacer ruido. El silencio era hermoso y nadie, ni un despistado gato callejero, perturbaba su quietud. Nadie había sobrevivido en la isla a la brutal erupción.

viernes, 9 de noviembre de 2007

El fin del mundo

El mundo estaba loco, todo se venía abajo. La gente, los árboles, los animales. Todo cuanto una vez tuvo sentido ahora no era sino una mezcolanza de seres sin ninguna relación de armonía. El agujero de ozono, el cambio climático, accidentes nucleares, contaminación, guerras. Al principio trató de refugiarse en las iglesias, café para el alma, pero las palabras vacías de esos falsos profetas se mezclaban en la cacofonía de un planeta que crujía porque se rompía. La ciencia, puta inmunda, se vendía a los viejos vestidos de sudor ajeno. ¿Filosofía? Palabras con las que locos entre los locos montaban un Babel de juguete.

Y ahora, en este ocaso de los tiempos, el Universo mismo enloquecía. Ni los astros se salvaban de la orgía. La noche volvía al día. Por donde el cielo se veía claro, comenzaba a despuntar el sol y se asomaba de nuevo por el horizonte. Era el fin de todo, un atardecer al revés. Se asomó al acantilado y, con los primeros rayos del sol, saltó.

Pobre idiota, amanecía.

jueves, 8 de noviembre de 2007

Una moneda

No encontraba la moneda que buscaba. Ni en la cartera, ni el los bolsillos, ni suelta en el bolso... Menuda faena. La culpa de todo la tenía aquel hombre; había sentido pena por aquel negro asustado acurrucado junto a un papel con dos moneditas de 1 y 2 céntimos encima y le echó medio euro. El negro le dedico una sincera sonrisa triste y ella se alejó sin mirarle a los ojos. Y ahora, en mitad del parking del supermercado, cualquier carrito le pedía impertinente esa moneda para soltar su cadena. ¿Y qué iba a hacer ahora? Eso le pasaba por ayudar a esos vagos y maleantes que venían a España a robar.

Cabreada, se volvió al coche y se largó chirriando las ruedas a otro centro comercial.

Hissein Sarr pudo comprarse esa noche una barrita de pan y, mientras la mordisqueaba, mentalmente dio gracias a aquel ángel que le había regalado esa moneda amarilla.

miércoles, 7 de noviembre de 2007

La metamorfosis

Sin embargo, las cosas no iban tan mal como se temía. A través de las rendijas de las paredes del vagón se observaba un paisaje de estepa que palidecía bajo la luna. No hacía mucho que otros prisioneros habían viajado hacinados en un vagón similar con destino a los crematorios de Birkenau. Él, al menos, tenía una oportunidad. Atrapado con otros cerdos iba camino del matadero.

La noche anterior se había acostado tras cenar pollo asado que había sobrado del mediodía -ni siquiera era cerdo- y hacía un par de horas que se había despertado en ese vagón rodeado de marranos. Y todos coincidían en que iban directos al matadero -unos pocos insistían en que eso de los mataderos era un invento de los mayores para que los lechones se portaran bien, pero en el fondo no se lo creían y sus ojos destilaban miedo-. Él, cuando se abrieran las puertas del vagón y los sacasen, podría gritar que era Antonio Amadeo Madariaga Arrasate, y que todo era un error. Y las cosas se solucionarían. Se acostó de lado y se durmió.

-¡Oink, oink! -dijo un cerdo mirando a los ojos a Manolo. En vez de seguir a los demás hacia la rampa del camión, el cerdo insistía: "Oink, oink". Y se quedaba mirando.

A base de palos, el bicho subió.

martes, 6 de noviembre de 2007

Cabreo

Esa noche Miguel Ángel estuvo tentado de subirse al andamio y reventar la cara de Moisés.

lunes, 5 de noviembre de 2007

1 000 000

Su amiga -una perra- dormía acurrucada junto a la hoguera. El aire de otoño era fresco y claro y el cielo negro se veía salpicado de millones de puntos de diverso brillo y color. La lanza reposaba apoyada en una roca y el riachuelo rompía el silencio con su cantar colina abajo. Dejó una ardilla sobre unas brasas y se comió unas bayas mientras observaba el amanecer de una luna casi llena. Un rato después soñaba que se caía de un árbol.

Sucedió en Madrid hace exactamente un millón de días.

domingo, 4 de noviembre de 2007

Ilusiones

La suya no era una historia que valiese la pena contar. Una de tantas vidas llenas de fragmentos de sueños rotos que aún no se han arrojado al vertedero del olvido sino que siguen provocando heridas cuando uno no pone cuidado al rebuscar en la memoria. En su garita de bedel veía pasar los días y las mismas caras con distintas ropas. Los libros que se traía para estudiar habían dado paso a otros para entretenerse, a revistas, a pasatiempos, a mirar a través de los cristales de su jaula.

Sólo en uno de los diarios locales apareció una breve reseña sobre un hombre de 46 años que había ingresado cadáver por sobredosis de somníferos. Por la tarde el colegio ya tenía un sustituto.

sábado, 3 de noviembre de 2007

El arqueólogo

El tomo que sostenían sus manos no tenía razón de ser. La obra escrita por un dios a lo largo de los siglos y que empequeñecería cualquier intento humano por alcanzar la inmortalidad a través de las letras. Le ardía la cabeza sólo de pensarlo. Cerró los ojos y abrió el libro por algún lugar al azar. Respiró hondo. Una. Dos. Tres inspiraciones. Era el momento. Abrió los ojos y leyó:
-¡Grua!, ¡grua!, ¡grua!
En la poza había un Cerdito
vivito y guarreando,
con el barro de la poza,
el cerdito jugando.

Cayó fulminado.

··oOo··

El texto del tal dios no es sino un fragmento de La pata mete la pata de Gloria Fuertes (1917-1998). Que cada uno le dé la lectura que quiera.

viernes, 2 de noviembre de 2007

Apresada

Ese ventanuco era todo cuanto le unía al mundo real. Agobiada por el peso de las cadenas, de la humedad, del hambre y el desánimo, se arrastraba por las noches en su celda y sólo callaban sus lamentos cuando los primeros rayos de sol golpeaban en las mohosas piedras de la pared. No recordaba su edad, su nombre, su crimen. Sólo vivía cada día un día más para ver el sol y recordar los juegos y risas en la pradera junto al río cuando era niña.

Las grabaciones eran fascinantes. De los calabozos de aquel castillo burgalés provenían algunas de las psicofonías más melancólicas y aterradoras de toda España.

jueves, 1 de noviembre de 2007

El mayor engaño

Hubo un tiempo en el que la gente no tenía edad y sólo vivían el día a día. El sol asomaba entre las montañas, el mar, los árboles o la planicie y los hombres comenzaban su rutina diaria hasta que, de nuevo, el sol se hundía y les dejaba descansar. La validez de una persona no se basaba en cuántos años tenía sino en qué sabía hacer y cómo lo hacía.

Decenas de miles de años después añoramos ese mundo de libertad del que nos arrancó la invención del tiempo. El objeto último del trabajo es el de ganar un dinero ilusorio para comprar promesas de disfrute de tiempo libre. Pobres imbéciles, el tiempo siempre ha sido nuestro.