miércoles, 18 de mayo de 2011

Y, ya que estoy, aprovecho para, una vez más, ponerme en evidencia ante mis tres o cuatro lectores:

"Este blog lo comencé..." Ya escribí eso no hace mucho y siempre me pasa lo mismo. Mucho hablar y ahí se queda todo. Salvo cuando acabo haciendo lo que pretendo hacer, que no es sino casi nunca.

Pero lo cierto es que, objetivamente, estos días estoy cambiando radicalmente mi modo de afrontar el día a día. Me siento muy torpe pero, de verdad, sin miedo a soñar, sin miedo a conseguir aquello que deseo. Estos últimos cinco o seis días han sido muy duros, sí, pero lo han sido por vivir la vida con todas sus consecuencias. Estoy demasiado cansado para ponerme a fondo con Yenom pero enseguida lo conseguiré.

Yo estuve allí

Aún sigo cansado de los acontecimientos de estos últimos días. Muy poco descanso y muchas vivencias. Todo el asunto de las movilizaciones para pedir el cambio de la situación política y social de España sigue creciendo de manera imparable. No sé si se logrará algo: creo que no, pero siempre dejo un hueco en mi día a día para los imposibles.

Y fue bonito estar allí durante la manifestación con decenas de miles de personas que están hasta los cojones, como yo. Claro que lo fue. Pero lo que guardo con mas cariño en mi corazón fue haber estado allí la primera noche, en la acampada espontánea que compartimos unas treintena de personas. No lo digo con afán masturbatorio de autocomplacencia sino desde la humildad de alguien que, medio borracho y en manga corta, disfrutó de un abrigo prestado, de mantas y sacos que otros habían traído, de cruasanes (la primera vez en mi vida que uso este ¿españolismo?) y vasos de leche donados con cariño, de mochilas de otros que me fueron ofrecidas como almohada, de los mejores cartones para que mi espalda no se helara contra el suelo.

Seguramente todo esto se quede en un sueño, lo sé. Pero siento ganas de llorar de la emoción de haber convivido durante unas horas con otros seres humanos que, si dejan de soñar, mueren.

Gracias, de corazón.

lunes, 9 de mayo de 2011

No se lo merece

No sé cuánta de la gente que me sigue (tres o cuatro) sabe qué me pasa. Vivo cansado. Cansado, no desganado ni pasivo ni nada por el estilo. Cansado en su sentido más crudo. Jodidamente cansado se podría decir. Que me levanto como un atleta se acuesta tras una maratón. Y que me acuesto pues... imaginad.

Aún así no puedo justificar casi nada. ¿Que no escribo? Pues se debe a que no escribo

-_-'


No, de verdad. Se debe a eso. Aunque esté muy cansado.

Este fue un blog que comenzó contando historias y se ha convertido en un blog que te cuenta una historia para no contar historias. Lo cual no termina de ser lo que buscaba. Quería contar montones de historias que se me agolpaban en la mente, compartirlas. Pero se pudren por el camino porque no salen.

Y, ahora, por fin a mimir!!!

domingo, 13 de febrero de 2011

Más de lo mismo pero distinto

A lo largo de los últimos 30 años de mi vida he sido mi mayor crítico, mi mayor enemigo, un paupérrimo aliado. La necesidad de hacer todo perfecto o no hacerlo ha provocado un colapso casi irreversible de mi yo más intimo. Y mis relaciones interpersonales no han sido mucho mejores que las intrapersonales, para qué engañarme. En resumen: he vivido una vida insatisfactoria por definición -por planteamiento, vamos- aunque haya estado repleta de momentos gloriosos.

Esto me deja con 37 años y pico en pelotas en medio de un esperpéntico limbo que me he creado y que me sobrepasa. Mi salud es una puta mierda y ya no sé si es todo por mi mente o mi cuerpo tiene algo que ver -quistes de 19mm, apnea del sueño y anticuerpos haylos-. Quiero salir de aquí pero no sé si vuelvo a caer porque me da miedo lo que no es esto, porque soy gilipollas, torpe o cobarde o porque la vida me odia o quiere darme aún más enseñanzas.

Hace dos semanas que estoy yendo a un gimnasio y, lo que es mejor, utilizándolo. Y me siento infinitamente mejor. También fui en enero y volveré a ir en una semana a ver a un sacerdote que, me guste o no, me ha revuelto algo por dentro. Estoy leyendo y poniendo en acción algo que debería ayudarme a organizar mi día a día. Y he preparado una lista de cosas por hacer, sí o sí, a partir de mañana.

Mientras escribo esto oigo voces que dicen "ya estamos otra vez". Y son voces que sólo existen en mi mente aunque parezcan las de mis amigos y amigas. Nadie está aquí para juzgarme, y si lo hacen...

Bueno, basta ya de tonterías, no era esto lo que quería escribir. Hace unos años me propuse escribir todos los días, por poco que fuera. Hace unas semanas, hacerlo todas las semanas. Esta tarde me he cagado en mis muelas y he plasmado en papel una serie de aspectos que tengo que tener en cuenta si quiero entender qué coños me pasa y qué hacer para cambiarlo. No se trata de buenas intenciones sino de cosas insultantemente concretas.

··ooOoo··

Pues menuda mierda de entrada al blog. Al final no he dicho nada que no fuera lo de siempre. Pues nada, que da igual. Que quien quiera leer lo que escribo que esté atenta/o o que suscriba el feed -los frikis me entienden. Y M., que no es friki. Bueno, un poco sí-.

jueves, 20 de enero de 2011

Grilletes de libertad

Hoy cumplo 37 años y a mi vida no le ha dado por regalarme una curación milagrosa como me hubiera gustado. Son ya cuatro años desde que caí enfermo de un algo amorfo y escurridizo pero que, ciertamente, existe. Cuatro años en los que, a pesar de todo, he seguido peleando por dejar atrás esa mierda y medrar. He tratado incluso de no pensar en ello, de actuar como si nada me pasara, para ver si así desaparecía. Pero la técnica del avestruz invertida no ha surtido efecto. Así que aquí me encuentro, tumbado en la cama ante el ordenador que tantas horas me ha robado y tan poquitas -pero en ocasiones muy intensas- satisfacciones me ha dado (es uno de tantos ordenadores que han pasado por mi vida, no el mismo siempre-.

¿Y qué hace aquí este gerontopedo cansino contándonos su vida en vez de relatos hiperbreves, que es lo que he venido a leer aquí? Pues muy sencillo, contar su vida un poco más hasta desvelar lo que verdaderamente quiere decir hoy y que tiene mucho que ver con eso que venís a leer al blog. Al menos algo de coherencia aún mantengo.

El caso es que unos meses después de caer enfermo, en medio de la vorágine inicial de "a este tío no le pasa nada sino que está deprimido" decidí escribir durante 100 días seguidos para demostrarme de una vez por todas si era o no escritor. Ah, que conocéis la historia. Vale. Iré al grano:

Mi hermana me comentó hace unos pocos días una idea que pensó que sería buena. Como las ideas buenas tienden a acomodarse en un rincón de la mente para que las vaya uno rumiando en cuanto tiene un momento hasta que las descarta por cagón o las lleva a cabo porque no puede evitar hacer algo bien de vez en cuando en la vida, ésta debía ser de las muy buenas, porque me obliga a echarle un nuevo órdago a mis gónadas con la excusa de un compromiso firme por escribir. Sí, hoy empieza una nueva etapa de "Averque...". No, no habrá microrrelatos diarios. Sí, puede que vuelva a haberlos en cuanto me pique el gusanillo. Sí, joder, que ya lo cuento:

Yenom. A muchos os sonará esa palabra, esa semilla que no termina de germinar, que se queda siempre ahí enmierdada en el abono echando sus raicillas y cotiledones y que se seca al poco de empezar a brotar porque no fluye la savia. Pues la he vuelto a coger entre mis dedos y la he metido en un tarro de yogur en un algodón empapado en agua. Y semanalmente pondré aquí su foto.

Es posible/probable que de algún modo me cargue la emoción de leer de seguido una novela terminada. Algunos de vosotros habéis leído un borrador bastante majete y notas sueltas, así que el argumento ya está bastante sobeteado. Vale, la sorpresa se puede ir a recoger nabos a Siberia pero también es muy probable que ver cómo semana tras semana va creciendo la novela y tomando forma desde sus primeros pasitos y resbalones hasta algo terminado sea una experiencia interesante que pocas veces se tiene la oportunidad de vivir.

No sé si lo que me pasa me permitirá abordar con éxito algo tan grande como una novela que lleva 15 años gestándose en mi cabeza. Lo he intentado muchas veces y siempre he fracasado (claro, si hubiera tenido éxito habría terminado la novela). Pero seguir sin intentarlo y dejar que la idea muera es el peor de los fracasos. Así que pronto habrá más detalles. Y algo que leer, por supuesto.

sábado, 4 de diciembre de 2010

Hilando palabras

Es tarde y hace un rato me quedé dormido en casa de mi hermana mientras veíamos todos juntos una película de Los Hermanos Marx, Una tarde en el circo. Pero ahora tenía ganas de llevarme el ordenador a la cama y escribir un poco. En realidad de escribir un poco. Mi vida es una montaña rusa, a veces divierte y a veces acojona pero sabes que tras cada meneo ya queda uno menos para que se acabe. Hasta aquí es una metáfora manida y sinsorga. Pero es que de verdad me sube y me baja y me agita como a un pelele y mi mente se empeña en buscar mil explicaciones para algo que, simplemente, es. Resulta que mi yo físico tiene vida propia y mi yo pensante se ha enrocado en las ideas de aquellos que le convencieron de que nada de lo que le pasaba era real.

Y quizás así se hizo real. No sé, mi cabeza va a una velocidad inadecuada al mundo que le rodea y ha hecho demasiado caso a los demás. Toda la vida he querido ser perfecto, hacer sólo aquello que puedo hacer impecablemente, agradar a todo el mundo, armonizar distintos instrumentos en una única armonía. Y así me he quedado, colgando enredado en la telaraña que tan laboriosamente he tejido.

Mientras escribo esto se me aparecen las caras decepcionadas de algunos amigos y amigas -ya estoy otra vez dándole vueltas a todo- y casi me siento tentado de no escribir. Pero no son sus sentimientos los que necesito derramar sobre el óvulo de papel sino los míos. Llevo tres días sintiéndome casi normal tras unos meses eternos de niebla. No sé cuánto durará pero necesito creer que esta vez sí que es la definitiva que me permita coger velocidad para no detenerme nunca más. Mis amigos del tsk, tsk vuelven a hacer ese sonido asqueroso y miran a otro lado pensando joder, ya está otra vez... En mi cabecita arde una pequeña vela que aleja las nieblas unos metros y me permite ver dónde me encuentro. Está todo hecho una mierda, desordenado, anticuado, medio roto, mohoso y pisoteado.

Y ahora, casi a las 3 de la mañana de un sábado, tengo un poquito de luz -lo que dure- y recojo un cachito de ahí, ese papel arrugado de allá, las fotos del corcho y hasta me puedo calentar una infusión que aleja el frío de mi cuerpo enjuto. Adoro las palabras, leerlas, sí, pero sobre todo hilarlas en tapices irrepetibles.

Gracias a vosotras cuatro (M, K, M, A, en orden de aparición) por saludar al payaso y hacerle ver que estáis ahí. Ha sido más importante de lo que os pensáis.

jueves, 25 de noviembre de 2010

Payaso

Hacía meses que no tenía un momento tan íntimo conmigo mismo. Es probable que ir en busca de una lata de medio litro de Mahou 5* por los chinos de Alcorcón -es que estaban cerrados- sea bastante cutre pero las catarsis en mi vida vienen siendo así de ridículas.

Estos últimos meses han sido realmente deprimentes. No desde un punto de vista depresivo sino completamente objetivo: mi salud ha sido una puta mierda y mi estado anímico peor que mi salud. He dejado de beber, procuro dormir y yo que sé qué más cosas pero mi cuerpo se emperra en darme patadas en los cojones cuando trato de buscarme otra realidad. Hago lo imposible para sentirme mejor y resulta que tomarme dos latas de cerveza cuando quiero desconectar hacen que escriba de una puta vez. Y no me gusta, pero es lo que hay.

Echo de menos algunas cosas de mi pasado -reciente, lejano, qué más da- pero soy consciente de que mi futuro es cada vez más difícil y vivo en un limbo en el que aún soy un crío aunque tenga más 40 años que 30. Quiero hacer cosas y, más que nada, cambiar esta situación físico-anímica tan atroz de invalidez efectiva. Lo que peor llevo, con muchísima diferencia, es ver que la gente que me importa no sea capaz de entender qué cojones me pasa y lo tomen por abulia, pasotismo o simple gilipollez. Cada día me levanto de la cama con el deseo de arrancarle a la vida un poco de salud para hacer algo más que el día anterior y me doy de bruces con el espejo en el que un payaso enfermo se pone su nariz rota y su ropa raída para reírse de sí mismo y sólo es capaz de llorar de la angustia que le causa la imagen que ve reflejada.

Y resulta que esta noche, después de sentirme como la mierda, me pongo delante del espejo y me descojono. Menudo pringado hay ahí: un payaso que se lamenta de lo risible que es.

Como un escritor que no escribe.

viernes, 23 de julio de 2010

Desmitificando (I)

No le parecía que hubiera llegado tan tarde. Porque no quedaba ni uno. La pradera donde se había celebrado la fiesta se veía pisoteada y llena de restos coloridos de basura pero allí no estaba ni el gorrón de su cuñado, que detectaba todo aquello que oliera a comida y bebida gratis en 50 km a la redonda. Miró a un lado y a otro por si era una broma que le querían gastar, algún tipo de sorpresa por algo que no acertaba a adivinar -su cumpleaños había sido medio año atrás-. Pero nada, ni rastro de los demás.

Lo cierto es que se había granjeado merecidamente esa fama de tardón -de huevazos, vamos- y contaba con llegar a las fiestas cuando la gente ya caía al suelo bebida o fumada. Pero de ahí a que no hubiera nadie había una línea que nunca antes había cruzado. Miró las huellas en la hierba por si se alejaban en alguna dirección concreta. Pero nada, no parecían alejarse si no era unas pocas sueltas hacia el bosquecillo para aliviar las vejigas e intestinos.

Pues nada, ahí estaba de pie como un gilipollas, estrenando pantalones de cuero y pensando en los cabrones que le habían dejado tirado. Buscó algo de comer y de beber entre los restos y se tumbó en la hierba a fumar.

No fue sino hasta dos días después que se dio cuenta de que era el último mohicano.

miércoles, 21 de julio de 2010

Malos hábitos

Pocas cosas le daban tanto asco como morder -masticar- un cacho de ternilla oculto en una croqueta. De pollo, claro. No le pasaba muy a menudo, pero claro, todos los días comía y cenaba en algún bar donde siempre pedía media ración de croquetas que bajaba con dos tercios de cerveza muy, muy fría y coronaba con un par de puritos.

Y, gilipollas de él, ahora eso se le iba a acabar. Toda una vida haciendo lo que le había dado la gana y, claro, la ostia había sido tremenda. Tras su luna de miel una revisión rutinaria en la mutua y ¡zas!, a la mierda con su rutina de bares. La doctora había sido tajante: nada de bares ni tabaco; mucha verdura y fruta frescas, pescado y aves y las carnes rojas muy, muy de vez en cuando. O dejaba radical e inmediatamente sus hábitos o ya se podía ir despidiendo de su mujer.

Amargado, mordisqueó la penúltima de las croquetas de la ración y pegó un buen sorbo a su segundo tercio. Masticó. Escupió una puta ternilla al suelo y se cagó en la puta leche que mamó. Joder. Mierda. Ostia. Si dejar esto no era un sacrificio por amor que bajara Dios del cielo y lo viera. Casi se arrepentía de haberse casado con su doctora del alma.

lunes, 19 de julio de 2010

El último ermitaño

El paisaje era un erial de grúas muertas, estructuras de obra civil a medio construir y maquinaria largamente abandonada que el tiempo y el hambre comenzaban a desmembrar. Hubo un tiempo en el que el frenesí de la construcción había pisoteado el sentido común, incluso el suyo, y por eso le había parecido un símbolo inequívoco de prosperidad, de desarrollo, de evolución. Formaba parte de esa sociedad amorfa que se construía y fagocitaba a partes iguales. Él, uno de los poderosos que se alimentaba de la construcción, del trabajo de los otros, de los currantes que vivían de su trabajo para trabajar en él. Todo parecía correcto, adecuado, natural.

Pero el tiempo había acabado por hacerlos enfermar a todos: a unos por devorar en exceso, a otros por dejarse sus vidas en construir para los primeros. Y llegó el declive que los destruyó, sin materias primas de las que seguir alimentándose, sin sumideros donde eliminar los desperdicios. Su mundo se vino abajo hasta desaparecer en un estruendo cada vez más silencioso, ridículo.

Y sólo quedó él, refugiado entre las rocas y alimentándose en cuerpo y espíritu de los restos de su civilización. Pensando en todo y herido por las obviedades que surgen burlonas cuando uno mira al pasado. Fuera quizá hacía sol, o era de noche y llovía. No lo sabía, seguía en su cueva saciando su hambre de saber con recuerdos del mañana que nunca fue e imaginando futuros para ese pasado que le arrojó sin piedad a este doloroso presente.

Y el cuerpo también tenía hambre. Salió de su refugio hacia el bosque más cercano de grúas. Estiró un brazo y partió un pedazo del contrapeso de una de ellas. Era de sus partes favoritas; crujía bajo sus dientes y se deshacía en un picante sabor con tintes a caramelo de frutas tropicales.

Era el último de los habitantes de Fraggle Rock.

Génesis

No es más que una semilla que ha caído en una grieta llena de musgo seco en una roca de tantas del canchal. Han sido muchos años de sequía; años salpicados de tormentas que hacían germinar algunas de las que El Árbol había madurado en su seno y luego desarraigaban esas mismas aguas furiosas.

El tiempo fluye, cambia. Se repite y nunca es el mismo. Los vientos de cambio soplan de nuevo, desde las montañas de las que nunca bajaban. Y ahora traen esponjosas nubes cargadas de agua.

Cambia el clima. Llueve.

El agua penetra en mi interior.

viernes, 14 de mayo de 2010

En la peluquería

Debía haber sido una de las experiencias más impresionantes de su vida porque no recordaba nada de lo que había hecho ese último mes y medio y no sabía qué demonios hacía tumbado en un sillón de esa peluquería una madrugada de viernes casi a las tres de la mañana. Las luces amarillas de la calle desierta entraban por el ventanal e iluminaban casi la mitad de las baldosas rojas y blancas de la sala que la convertían en una especie de neblina de luz fantasmagórica. No tenía resaca, los bronquios no le pitaban y su garganta no parecía inflamada ni reseca. Ni la boca le sabía a cenicero. Podía moverse sin problema y nada le dolía. Bueno, sí, le dolía un poco la polla, pero como si no hubiera parado de follar los últimos días.

Se puso en pie de un salto mientras se decía mentalmente “alehop” y se hurgó en los bolsillos. Un abono de metro con 3 viajes picados el mismo día de abril, sus llaves, un mechero morado con la margarita pocha de Punkuxumusu, dos papeles de fumar hechos bolitas y su cartera en el bolsillo de atrás. Dentro estaba la mierda de siempre y dos billetes de 20€ nuevecitos y con la numeración correlativa.

El tipo del espejo tenía buen aspecto, con su camiseta azul o negra –no se distinguía bien con la luz amarilla-, sus vaqueros negros –no se los compraba azules-, sus greñas revueltas y su barba de dos semanas. La verdad es que le conocía muy bien. Lo extraño es que hacía los menos cuatro años que no lo veía.

Era el cabronazo que le había prometido que volvería pronto, que no se preocupase porque iba a buscar ayuda cuando ella cayó y se rompió el… el algo, no recordaba el qué, pero sí que se lo había roto. Era un cabronazo por haberla dejado ahí tirada, en un terraplén junto al camino que ambos habían decidido tomar a través del bosque cuando se escaparon de su trabajo y de su vida un jueves de principios de otoño. Pasaron casi tres días antes de que un furtivo la encontrara y ocho horas más antes de que un grupo de gentes de un pueblo cercano la rescatara. Y de él nadie sabía nada ni nadie volvió a saber.

Le miró fijamente a los ojos y él no apartó la vista sino que sonrió. No entendía nada. Nada en absoluto. Pero lo importante es que había vuelto.

domingo, 4 de abril de 2010

Un café asqueroso

No era la primera vez que le jodían el día en aquella cafetería de la esquina. Lo peor de trabajar en un polígono situado bastante más allá del culo del mundo era que sólo existía un puto bar/restaurante en toda la zona. Lo mejor, que nunca había problemas de aparcamiento. No tenía coche.

Ahí estaba el lunes por la mañana en que su equipo había bajado matemáticamente a segunda. El autobús le dejaba a las 6:43, el siguiente llegaba a las 8:43. Su turno de trabajo comenzaba a las 8:30. Su jefe era un auténtico hijo de puta. El fabricante de aquel café debía ser aún peor persona. Y el calvo y grasiento dueño del Bar Madrid –seguramente se había quedado calvo pensando el nombre- era antipático, sucio, xenófobo y del Madrid.

Sacó un pitillo de su pitillera. Era fea de cojones pero se la había regalado su mujer por su primer aniversario de boda y no se le rompían los cigarrillos. Además, era lo único que la muy zorra le había dejado antes de largarse con el dueño de la peluquería en la que trabajaba. Para un puto heterosexual en el gremio, le había tocado a él.

Dio otro sorbo a esa cosa amarga que le habían puesto en la taza y abrió el periódico. Uno de noticias, pasaba de que le restregaran el desastre de su equipo. Las noticias eran un auténtico coñazo incomprensible; la única que entendía perfectamente hablaba del partido de anoche. Al menos había fotos, porque en el bar tenía a los obreros de siempre, a los dos travelos que terminaban la jornada y al calvorota cabrón. Mira, ahora que lo pensaba, el tío al menos no era homófobo, porque se llevaba bastante bien para lo que él era con Marta y Gladis. O que las tomaba por putas.

Las páginas de color salmón eran las peores. Sólo tenían números y nombres de empresas y en las fotos salían señores trajeados con cara de hijoputa o carteles luminosos como los de “su turno” o los de “Guardia Civil” de los coches camuflados. Y había gente que pagaba por esos periódicos.

Echó un vistazo a su reloj. 7:58. En quince minutillos pagaría el café y se iría andando a la nave. Joder, un puto lunes, qué pocas ganas tenía de trabajar y le quedaba toda la semana por delante. Apuró la taza y observó el azúcar que no se había disuelto escurriéndose hacia el borde. Mantuvo unos segundos la taza en alto hasta que una gota enorme y dulce cayó en la punta de su lengua y borró de un plumazo la amargura de la mañana.

Toda la vida había tomado el café sin edulcorar y desde que comenzó a trabajar en el polígono el sobre de azúcar era su mejor amigo. Siempre lo vertía y removía durante unos pocos segundos para que quedara el caramelo secreto al fondo. Esos granitos lo hacían todo más llevadero.

Pintura negra

El bote de pintura negra le fascinaba desde las primeras veces que, siendo aún una criaja, se colaba en el estudio de su padre para verlo pintar. Era un bote más grande que el resto, incluso que el blanco, que era el segundo mayor, y tenía algo que le atraía con esas voces que sólo los niños saben que son reales. Le gustaba sentarse en él o tumbarse sobre los plásticos llenos de colores y abrazarlo y así podía tirarse las horas hasta que su padre bajaba a comer algo o su madre la buscaba porque no estaba en la finca jugando con los perros.

El tiempo pasaba y ahora era ella quien usaba aquellos botes desperdigados y llenos de churretones por toda la sala. No vendía cuadros pero eso era lo de menos, tenía su trabajo en el restaurante y no tenía ni hijos ni vicios ni otras necesidades que no fueran comer, dormir, follar y pintar. Y sólo no descuidaba la última.

No pasó mucho tiempo hasta que descubrió que los lienzos no estaba bien que fueran blancos y lo primero que hacía tras traerlos al estudio o graparlos al bastidor que ella misma había montado era cubrirlos de tapaporos y negro. Dos capas de negro mate.

Seguramente el único capricho que se daba se lo daba desde que descubrió aquella marca de acrílicos traída de Holanda o Bélgica, no lo sabía a ciencia cierta y no le preocupaba saberlo. Hacía seis años largos en que descubrió su negro en uno de los pasillos del fondo de una tienda de pintura –de pintura de señores con mono blanco, no de artistas- que encontró en una pequeña ciudad castellana a la que había ido a pasar el fin de semana de su cumpleaños. Era un bote de plástico negro de 20Kg de pintura que le llamó la atención por tener serigrafiada en negro aún más oscuro la etiqueta. Negro mate sobre negro. Las letras parecían no-existir, eran un diminuto vacío en el universo que le absorbían sin remedio. Acrílico de 20Kg pero en mate, mate. Tenía que probarlo.

Y nunca más compró otra marca, ni siquiera aquella que abrazaba cuando chica. Hasta el terciopelo negro en un cuarto oscuro era más luminoso que aquel pigmento de 129,99€ los 20Kg. Cada nuevo lienzo era ahora una creación en el sentido estricto de la palabra; una nada de la que salía algo a través de sus dedos, de su muñeca, de su codo, de su hombro. Solía quedarse ante un lienzo recién pintado de negro durante unos instantes en los que sólo un suspiro de aire salía exhalado de sus pulmones o el sol subía a lo más alto para caer luego tras los árboles y clarear el horizonte contrario antes de que el pincel acariciara por primera vez la superficie negra.

··oOo··

Su pelo era ya una cascada de hilos de platino quebradizos cuando al ir a comprar más pintura le llegó la noticia de que la fábrica había quebrado. Sabía que no le quedaban muchos más años de vida, pero le hubiera gustado poder dedicarlos a pintar hasta que el pincel cayera al suelo de su mano inerte. Ahora sabía que ya no sería posible y algo en el pecho le dolía por ello. Decidió darse una ducha y salir a dar un paseo, ¿hacía cuánto que no salía a pasear de noche? Le apetecía perderse por el bosque cubierto de hojas verdes, amarillas, rojas y marrones que se veía por los ventanales de su estudio y disfrutar de cómo el ocaso se las comía para regurgitarlas al amanecer. Se puso un sencillo vestido que ya era gris de seda negra sin mangas y unas alpargatas azules casi destrozadas que eran lo más cómodo que una podía imaginar. El sol estaba bajo en el horizonte, la hora perfecta. Se preparó un té verde con vainilla y salió a pasear.

Haría ya dos horas de la puesta de sol pero entre las copas casi peladas de los árboles aún no oscurecía. Se veía un cielo gris plomizo, como de nube de tormenta, salpicado de estrellas. Le dolían los pies por la falta de costumbre y decidió que ya era hora de volver.

Llegó a casa prácticamente a la una de la madrugada bajo el mismo cielo deprimente. La luna casi llena estaba alcanzando su cénit y la noche no era noche. Incluso las calles de esa pequeña y tranquila ciudad bullían de vida. O de angustia. La gente hablaba unos con otros; algunos corrían gritando con los brazos en alto y los ojos queriendo salírseles del rostro, pero todo el mundo sentía la pérdida.

Desde muy pequeña recordaba que le decían que uno no sabe valorar lo que tiene hasta que lo ha perdido. Se había perdido el negro.

martes, 30 de marzo de 2010

Eran tres

Eran tres los motivos por los cuales se hallaba atado con correas de cuero a la cama de aquel hospital. Eso lo sabía por el documento en papel plastificado que había cagado unas horas antes y que le había desgarrado parcialmente el ano. En aquel documento aparecían dos motivos claramente diferenciados:
  1. Debía infiltrarse en el hospital y buscar la habitación de XXX en toxicología. Allí encontraría una preciosa Walther P38 y tres cargadores de 8 balas bajo el colchón de la cama de la derecha y un papel que debería comerse con un nombre y una habitación.
  2. Había ingerido una dosis importante de YYY que le provocaría una serie de síntomas bastante jodidos de llevar y que provocarían su ingreso casi inmediato en toxicología para tratarle. Podía pasar por intoxicación accidental, pero lo mejor era haber montado el teatro ante todo el mundo.
El punto número 3 debía saberlo, eso decía ponía en el papel. Lo que no veía tan profesional era no recordarlo. Joder, algo tenía que haber en algún lado para hacerle saltar el resorte y acordarse.

A las dos horas de empezar con los espasmos le inyectaron el primer sedante, resultaba inaceptable que alguien mordiera de un modo tan violento a los enfermeros encargados de su cuidado. Como no atendían a razonamientos, le ataron a la cama con cintas. La figura encapuchada de la muerte se había metido en la habitación y miraba el rosco de preguntas de un concurso de la tele mientras se estiraba y chascaba aquellos dedos descarnados. No se dignaba ni a mirarle ni a responder a sus preguntas (bastante impertinentes, todo hay que decirlo).

De vez en cuando venía un médico en lugar de las enfermeras y cogía la capeta que había enganchada a los pies de su cama. La leía, repasaba algo con el dedo y asentía con la cabeza y miraba su reloj mientras se iba con aires de persona ocupada.

Empezó a toser con fuerza hasta que se llenó la boca de un líquido caliente que escupió sobre la almohada al girar su cabeza para tatar de hacerlo sobre el suelo. La sangre era completamente roja, no coagulada sino fresca. Esa vez la enfermera trajo consigo al doctor de antes y a otro ya mayor con perilla y bigote y que parecía sopesar algo. La muerte se había hartado de la tele -los deportes- y miraba a los médicos con curiosidad, escuchándolo todo. Se levantó y se le acercó. Al cabo de un rato, se cansó de estar de pie y se sentó sobre la cama con cuidado de no aplastarle. La tele volvía a llamar su atención. Él se durmió un poco cuando se le calmó el ataque de tos.

Cuando abrió los ojos, un cráneo le observaba directamente desde sus órbitas vacías. Casi que le veía reírse pero no podía estar seguro con ese cara tan inexpresiva, tan sin... carne ni piel. No se sentía muy bien de todos modos, se le iba la cabeza y las migrañas eran cada vez más fuertes. Trató de pulsar el mando de socorro pero no lo encontraba. Poco después llegaron los médicos y estabilizaron su respiración, no así la hemorragia. Le pesaban los párpados y durmió.

Se despertó sentado en el borde de la cama. Su cuerpo yacía inerte entre las sábanas pero no le preocupaba. La muerte le ofrecía su antebrazo para levantarse y caminar. Ahora ya tenía rostro, era el de una mujer muy anciana pero sin arrugas. Tomó su brazo. Se marchó sin fijarse siquiera en el cuerpo que había dejado. Según salían por la puerta la muerte le susurró:

-Eran tres, ¿recuerdas? En tu anillo. Allí estaba el antídoto.

Una mochila

Una mochila era todo cuanto llevaba por la vida. Una mochila con algo de ropa, un par de libros que iba cambiando gratuitamente por otros cuando podía y montones de cuadernos con sus escritos. Era una mochila de tela gris que había sido caqui con unas hebillas de latón llenas de arañazos y medio rotas que, más que sujetar las trabillas, las adornaban. Todo cuanto le importaba en la vida, o estaba en su cabeza, o estaba en la mochila, o era algo tan efímero e inalcanzable como una puesta de sol, el gorjeo de unos pajarillos o el sonido de la lluvia sobre las hojas de una palma.

Durante bastantes años de su juventud había tratado de escribir para que otros lo leyeran; había soñado con ver montañas de libros suyos apilados cerca de la mesa donde firmaría autógrafos; su vida sería la de un alma libre que pasaría sus días allá donde cada día le llamara. Los días pasaban, los cuadernos se llenaban y su mochila cada vez pesaba más. Eso hizo que sus piernas y su espalda se hicieran más fuertes aunque los zapatos le duraban menos. Tuvo que dejar de usar sandalias y alpargatas y pasarse a las botas de montaña aunque fuera verano. Pues era más cómodo. Y los días pasaban y el contenido de la mochila iba creciendo. Lo más raro era que la gente miraba con extrañeza aquellos cuadernos cuando se los mostraba. Ponían cara de sorpresa e incredulidad con una falsa sonrisa de "oye, me encanta". Pero él sabía que no lo entendían y los cogía, los metía en la mochila y se iba con sus cuadernos a otra parte.

La mochila se desgastaba y se descosía y en cuanto se le rompió una de las correas que la sujetaban a la espalda, supo que tenía que empezar a tomar decisiones. Encontró una encina solitaria a unos cientos de metros, en mitad de un campo recién sembrado de algún cereal y se sentó a su sombra. Vació la mochila sobre el suelo y miró lo que que había. Guardó todos los cuadernos menos uno en el que había tres versiones ridículamente inacabadas de la que iba a ser su primera novela, sus bolígrafos y portaminas, un libro de Hesse y otro de Stendhal, algo de ropa para cambiarse y metió la comida en una bolsa de plástico para llevar en la mano. Dejó el resto de cosas, inútiles, en un hoyo que escarbó junto al árbol, las cubrió con ese cuaderno de tapas amarillas y echó tierra por encima.

Se viajaba muchísimo más ligero sin ese cuaderno.

Pasaban los años y siguieron los rechazos. Y su mochila cada día estaba más raída y debía viajar más ligera. Quedando fueron los cuadernos por el camino y menos prisa tenía por llegar a ningún sitio. No había llegado a los cincuenta cuando un único cuaderno, su bolígrafo azul de recambios, el bic negro, un portaminas del 0.35 y la camiseta que no llevaba puesta ese día eran cuanto llevaba en la mochila. Y lo cierto es que se sentía más libre que nunca. Escribir esos cuadernos le había dado la libertad que tanto ansiaba de joven. Eran feliz y se sentía pleno. Eso solía pensar cuando se acostaba por las noches bajo un manto de estrellas.

Pero en sus sueños una sombra le perseguía y le agarraba de los tobillos cuando intentaba trepar a lo más alto. Le agarraba de los hombros cuando quería correr. Le tapaba la boca cuando necesitaba gritar. Con las luces del alba desaparecía y entonces escribía y vagaba y vivía y, de vez en cuando, mostraba sus escritos sin la esperanza de que nadie los publicara.

Un día de finales de verano estaba muy cansado y se tumbó bajo la sombra de unos chopos a la ribera de un riachuelo de montaña. Abrió los jirones de mochila que quedaban y sacó el cuaderno azul donde escribía últimamente. Lo abrió por la última página que quedaba en blanco y comenzó a escribir con su portaminas hasta llenarla casi hasta el final. Estaba muy, muy cansado. Escribió FIN.

Con sus últimas energías, escarbó un pequeño hoyo en el suelo y metió allí el cuaderno. Con sumo cariño lo cubrió de arena y cerró los ojos. Sabía que esa noche la sombra ya no vendría.

El cuerpo estaba frío cuando el encapuchado llegó acompañado del sonido de mecanismos y cadenas. Se arrodilló junto al hombre y desenterró con sus manos descarnadas aquel último cuaderno y lo devoró allí mismo. Llegó a la página final e hizo algo que jamás había hecho: lloró. Y guardó aquel cuaderno azul entre sus ropas, junto con los demás que había ido desenterrando y leyendo.

Y antes de irse, por segunda vez esa tarde hizo algo que nunca jamás había hecho. Se arrodilló ante aquel hombre sencillo y colocó entre sus manos un grueso cuaderno de tapas negras y espiral dorada.

sábado, 27 de marzo de 2010

El queso tenía moho

A pesar de estar empapado de sudor la nevera le tiraba más que la ducha. Mira que llevaba meses corriendo pero los últimos días se sentía más débil de lo normal y esa mañana casi le había dado una pájara a mitad de la carrera. Claro que estaba a régimen para perder peso y ponerse en forma, pero tenía que cuidar más su dieta si no quería lesionarse, no era cosa de broma.

Se quitó la camiseta y la tiró sobre la mesa de la cocina, luego abrió la puerta de la nevera y miró dentro. Plátanos -buenos por el potasio-, yogures, boquerones en vinagre, arroz con verduras de hacía tres días que debía estar hasta crujiente, verduras más o menos frescas salvo una berenjena que empezaba a arrugarse y coger un tono marrón nada apetecible, leche de soja, leche semidesnatada y dos tarrinas de queso fresco. Queso fresco era lo que le apetecía. Bebió del brick un par de tragos de leche de soja y cogió una de las tarrinas, una cuchara y se fue al salón a ver la tele mientras.

Levantó la tapa y se encontró con una floreciente civilización de colonias de hongos verdenegruzcos. Por un momento estuvo a punto de arrojarla con toda su frustración contra la tele pero vivía solo y le iba a tocar limpiar. Además, Turro meneaba la cola y se lo comería y a la mañana siguiente le tocaría limpiar su diarrea de la alfombra. Inspiró hondo y se lo llevó a la cocina. Vació el contenido en la bolsa de orgánica y echó el envase en la bolsa amarilla. Vuelta a la nevera.

Pies encima de la mesa, varios energúmenos hablando de las últimas corruptelas de los partidos políticos en la tele y cara de gilipollas con su nueva y aún más magnífica colonia fúngica quesofresquil. Puta mierda de supermercado descuento. Pero putísima mierda. Al final se comió un plátano y unos boquerones con pan de molde.

Después de soltar un par de pedos en el sofá decidió que era el momento de vaciar su bolsa de deporte. Abrió la cremallera y se encontró con los billetes del banco que acababa de atracar pringados de pintura antirrobo fucsia fluorescente. El tercer puto queso con moho del día.

miércoles, 24 de marzo de 2010

12:30

12:30

Esos numeritos rojos flotando en la oscuridad de la habitación eran todo cuanto existía. ¿Las 12:30 de qué? ¿De la mañana, de la madrugada, de la tarde -nunca se había aclarado si las 12:30 de la mañana eran las de la madrugada o las de la tarde-? ¿De qué día? No tenía resaca y sobre la almohada había un reguero de babas de dormir con la boca abierta por lo que no debía ser fin de semana. Tenía sueño pero se había despertado sobresaltado. Pensó en mirar la hora en su reloj de muñeca pero al instante le pareció absurdo hacerlo. Cerró los ojos. Tenía sueño.

12:30

Tenía sed. Todo seguía oscuro. Tenía sueño. Le dolían las piernas, ¿cansancio? No recordaba haber salido el día anterior a caminar pero la sensación era igual que la de un buen pateo de monte. No tenía hambre pero sí mucha sed, muchísima. La boca seca. Le podía el sueño, bebería luego.

12:30

Un tenue brillo rojizo le despertó por el rabillo del ojo. Los números del reloj rompían la negrura de sus sentidos. Casi podían oírse como un zumbido grave y molesto que se le metía dentro aunque cubriera su cabeza con la almohada. Era horrible, sólo quería que se le fuera esa migraña tan terrible y que los números se apagaran de una vez. No lo hacían. Ahí seguían, torturándolo, sin dejarlo dormir, sin poder siquiera escuchar sus propios pensamientos. BZZZZZZZ. Rojo. Negro.

12:30

Abrió los ojos. Las 12:30. ¿Qué hacía en la cama tan tarde? Si casi debía ser la hora de comer. No recordaba haber bajado las persianas, siempre dejaba una rendijilla para que entrara el aire de fuera y no se viciara el de la habitación. Seguro que era domingo porque no había sonado la alarma. Pues se iba a quedar un poco más. Total, estaba sola en casa.

12:30

Todo se veía blanco. Siempre supo que iba a ser así. Se sentía libre. El reloj de la pared marcaba las 12:30 con enormes números rojos sobre fondo negro. Antes de irse para siempre escuchó las palabras "hora del deceso: 12:30".

martes, 23 de marzo de 2010

Un buen lío de cables

Un buen lío de cables era lo que tenía sobre la mesa. Pablo -Pablito-, el autor de esa... ¿mierda?, dormía roncando en el sofá delante de una película de Steven Seagal sin sonido. No es que fuera una película muda sino que le había quitado el volumen para dormitar sin que le despertara el sonido de las ostias, choques, disparos y diálogos. Mucho trajín y muchas emociones para las pocas horas que tenía el día.

En un par de años maduraría y ya podría confiar en él determinadas tareas pero, de momento, acababa ella haciéndole todo y sacándole las castañas del fuego. Y ese barullo debía estar solucionado para mañana llevárselo al colegio. Las cosas no habían cambiado mucho desde que ella hiciera cacharros similares en las clases de pretecnología. No parecía que hubiera sido ayer, pero tampoco parecía que hubieran pasado ya tantos años como de hecho habían pasado. En fin, recordando el pasado no iba a terminar el trabajo de Pablo, así que se puso manos a la obra y a recordar todo el tema de interruptores, resistencias, bobinas y diodos y otras cosas que seguro que no iba a recordar. Pero era un circuito relativamente sencillo.

Cuando se quitó las gafas y las dejó sobre la mesa había una tía con las tetas de silicona bien ceñidas por un top azul gesticulando como si fuera una italiana histérica puesta hasta arriba de coca. Menos mal que estaba quitado el sonido. El mecanismo, aunque se veía cutre -vamos, que daba el pego para pasarlo como el de un chico de doce años- funcionaba. Estaba muy satisfecha. Eran casi las dos y Pablito seguía tirado en el sofá. Mira que le había dicho una y otra vez que debía irse a la cama porque si no al día siguiente le iba a doler la esplada. Pero no hacía caso y siempre se quedaba en el sofá esperando a que ella se lo llevara a la cama. Pues mira, esta noche iba a dormir en el salón, a ver si así aprendía. Se quedaba ella haciendo su tarea y él no asumía sus responsabilidades, y edad ya tenía. Cogió la mantita polar del resplado del sofá, se la echó por encima y le dio un besito de buenas noches en la frente. Le daba pena, pero si no, no aprendería nunca.

A las cinco y algo de la mañana le despertó Pablito metiéndose en la cama y abrazándola. A las siete les despertó la alarma. Mientras él se duchaba, vestía y guardaba el cacharro con cuidado en la mochila, ella preparó unos crepes rellenos de requesón, nueces y miel con un poco de canela espolvoreada y exprimió seis naranjas y un limón que repartió en dos vasos. Su desayuno favorito.

Luego salieron de casa y se metieron en el coche. No le gustaba mucho conducir por ciudad pero era la única manera de poder hacer algo de provecho a lo largo del día. Aparcaron justo enfrente de la puerta del colegio -menuda suerte, aunque llegaban pronto-, cogieron sus cosas y cerraron el coche. Pablito estaba radiante, muy contento con "su" trabajo.

Al mediodía vieron las noticias, su ciudad abría el telediario: humo, bomberos, ambulancias, muertos. La presentadora dijo que había sido una carnicería. El coche bomba había masacrado a más de veinte niños en la puerta del colegio.